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14 de Abril – Cruz

Publicado el 14 Abril 2017 | Imprimir Imprimir



“Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu.” Mateo 27:50 (NVI)

Cruz

La historia de la crucifixión es terrible. No podremos nunca entender en su totalidad cúanto sufrimiento padeció Jesucristo. Podemos mencionarlo y analizarlo, podemos verlo en alguna película, pero nunca podremos saber exactamente cuánto sufrió Cristo.

Podemos saber que Judas lo vendió por unas monedas, sabemos de su soledad, sabemos que Pedro le negó, que estuvo solo en un juicio de mentiras y engaños, que estuvo solo frente a Pilato, que solo Simón de Cirene lo ayudó en sus últimos momentos pero porque fue obligado.

Sabemos de los terribles golpes que padeció Cristo, de los latigazos que tenían en la punta un trozo de hierro para cortar la carne y penetrar hasta el hueso, de las escupidas y los insultos de los soldados.

También sabemos de la corona de espinas con espinas de 5 centímetros de una madera más dura que el roble, de los golpes en la cabeza con palos que incrustaban más cada espina, de los clavos oxidados, del golpe insoportable cuando la cruz cayó en el pozo para quedar parada, de la asfixia por no poder respirar al estar colgado de las muñecas por los clavos, de la sed interminable, del dolor permanente.

Pero quizá los dos momentos más increíbles fueron, cuando su Padre lo deja solo y desamparado, y la unidad eterna de la trinidad se rompe por tus pecados y los míos; y cuando el autor de la vida decide morir.

Si me conmueve pensar en todo lo que sufrió Cristo, pensar en estas dos últimas situaciones me hace sentir aún más culpable. Un día Dios desampara a Jesucristo para ampararnos a cada uno de nosotros, y permitió que muera para que tengamos vida.

La humanidad recuerda el sábado negro de pascua cuando el silencio de la tumba gritaba a viva voz que la muerte aparentemente había ganado la batalla. Pero los hijos de Dios recordamos que todo el sufrimiento de Jesucristo fue solo para lograr la redención del alma, de la tuya y de la mía. Su resurrección lo garantiza.

Que esta pascua sea el momento justo para adorar al eterno Jesucristo. El que murió y ahora está vivo, el que sufrió y ahora puede consolar, el que estuvo solo y ahora puede acompañar.

REFLEXIÓN – Darle gracias a Jesús siempre es poco.





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