12 de Mayo – Agua

“Pero el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna.” Juan 4:14 (RVR)
Ocasionalmente, por la falta de lluvias, las cataratas del Iguazú disminuyen marcadamente su caudal. Es triste ver las rocas y los delgados hilos de agua, en donde, por lo general, suele haber potencia y fluidez. Es imponente el espectáculo de las cataratas. Sólo quien pudo estar debajo o sobre ellas puede entender la magnitud de su majestuosidad. Es imposible no adorar a Dios frente a semejante vista.
Por el calentamiento global, por la tala indiscriminada, por los cambios climáticos y de las mareas, la lluvia ha cambiado sus ciclos naturales, y las cataratas suelen reducirse a niveles mínimos con mayor frecuencia. Casi no tienen agua. Es antinatural este panorama, pero es real. Las causas externas condicionan el potencial hídrico del Iguazú.
Jesucristo sabía sobre ésto, Él había diseñado y creado las cataratas. Y también sabía de las condiciones personales de la mujer samaritana: ella estaba seca. Era religiosa, cumplía con las normas de su época, hacía lo que podía, pero estaba seca de Dios. Su necesidad de vitalidad dependía del agua que sacaba diariamente de un pozo, y su vida se convertía en una rutina de trabajo y pesar. Era una catarata seca. Servía para muy poco.
Actualmente, lamentablemente, hay muchos que viven igual. Personas formales y cumplidoras, pero secas. Religiosos de buena apariencia, pero sin el frescor y la vitalidad de Dios en sus vidas. Cumplen con los requisitos básicos y los ritos domingueros, pero no hay vida. Están más secos que las cataratas del Iguazú.
Por eso, Jesucristo hoy vuelve a desafiarnos. Él quiere ser esa fuente de agua que refresca el alma. Y puede darnos la vitalidad de toda la potencia de Dios en nuestra vida. Su Espíritu Santo vivifica, y debería recorrer la vida con su caudal acostumbrado. Pero lo limitamos con nuestros pecados, nuestros caprichos y nuestro egoísmo.
En lugar de ser un manantial de vida eterna, somos un estanque de agua agotándose en sí mismo. Pero eso puede cambiar, eso debe cambiar. Dios nos prometió un manantial fresco de vida, y podemos serlo. Solo hace falta hacer como aquella mujer, dejar el cántaro de nuestros deseos y pensamientos, y sumergirnos en la frescura de Dios.
Pedile a Dios que te revitalice, para que vuelvas a ser un caudal de vida.
REFLEXIÓN – No vivas seco.

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