13 de Diciembre – Digno


Al que nos ama, nos ha lavado de nuestros pecados y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre, a Él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos, amén.” Apocalipsis 1:5-6 (NVI)
Digno
Pensar en la persona de Jesucristo es maravilloso. Quizá no te detuviste a contemplar a Cristo para descubrir lo grande que es. Jesucristo es único.
Juan resume en este texto toda la grandeza y potencia de Cristo. Primero nos recuerda de su Amor, nadie ama como Cristo. Es el amor más desinteresado y perfecto que existe. Cristo es la muestra perfecta del amor. No es alguien que ama, Él es amor.
Uno por lo general ama con amor interesado. Siempre se espera algo a cambio, porque los seres humanos somos así. Pero Dios es distinto. Cristo ama sin esperar nada a cambio. Él ama de una manera única y especial. Ama a cada uno en particular y sin discriminación. Él te ama especialmente a vos. No importa cuán grave haya sido tu falta, nada puede excluirte del amor de Dios. Por eso es tan grande Cristo, porque su amor es absoluto y total.
Justamente, por ese amor increíble Él pagó el precio por nuestros pecados. Sufrió el castigo que merecíamos nosotros y tuvo que morir en nuestro lugar. Jesucristo sufrió los latigazos, el abandono de sus discípulos, la corona de espinas, los insultos, las escupidas, los clavos oxidados, la soledad, la carga terrible de tus pecados y de los míos, la agonía de la cruz que merecíamos nosotros, el frío desierto de la muerte en aquel que era el autor de la vida.
Todo esto lo sufrió simplemente porque nos ama, nos amó y nos seguirá amando siempre.
Y su amor se extiende aun más ya que no contento con todo esto, Jesucristo también nos revaloriza. Él tiene la gracia de dignificarnos y ensalzarnos. De ser pecadores perdidos y condenados, nos transforma en pecadores perdonados. Y no solo eso, sino que además  nos hace reyes y sacerdotes. Ahora somos reyes y sacerdotes.
Por su obra en la cruz, Cristo te hizo hijo de Dios, el Rey de Reyes, y te dio la tarea de servirle como sacerdote para siempre.
¡Cómo no vamos a adorar y a alabar eternamente a Jesucristo! ¡Cómo no vamos a estar eternamente agradecidos!
REFLEXIÓN – Jesucristo es digno de la mejor adoración.

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