14 de Marzo – Potencia

«No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree.» Romanos 1:16
Potencia
Me llegó por mail esta dirección http://www.mwtb.org/html/201430.html donde está la historia completa de este hombre. Acá extraigo algunos párrafos.
Me llamo David Berkowitz. Estoy internado en una prisión desde hace más de 22 años. Fui sentenciado a cadena perpetua por el resto de mi vida. Fui el notorio asesino que se conocía como el «Son of Sam» («Hijo de Sam»).
Cuando yo tenía 14 años mi madre enfermó de cáncer. Entre varios meses murió. Yo no tenía hermanos. Papá trabajaba unas 10 horas diarias, seis días a la semana. Teníamos muy poco tiempo juntos. Mi madre había sido mi principal fuente de estabilidad. En 1975 en una fiesta conocí a unos jóvenes que, según supe después, estaban muy metidos en el ocultismo. A los 22 años comencé a leer la biblia satánica por el finado Anton LaVey
Al tiempo, crucé aquella línea invisible de la cual no hay regreso. Tras años de tormentos mentales, problemas de conducta, profundas luchas internas, empecé a cometer horribles crímenes. En 1978 fui condenado a unos 365 años consecutivos; y me sepultaban vivo dentro de las paredes de la prisión.
A los diez años de mi condena, cuando me sentía deprimido y sin esperanza, otro confinado se me acercó una tarde fría de invierno mientras caminaba en el patio de la prisión. Nos hicimos amigos. Se llamaba Rick; caminábamos juntos por el patio. Poco a poco él me hablaba de su vida y lo que él creía que Jesús había hecho por él… Él insistía en recordarme que no importaba lo que uno había hecho, que Cristo estaba en la disposición de perdonar si uno estuviera dispuesto a dejar las cosas malas que hacía y colocar su fe y confianza enteramente en Jesucristo y lo que él hizo en la cruz pues murió por nuestros pecados.
En 1987, derramé mi corazón delante de Dios. Todo se me vino encima a la misma vez: la culpa de lo que había hecho y el asco de lo que había llegado a ser. En mi celda fría me arrodillé y comencé a clamar a Jesucristo.
Ya han pasado más de once años desde que hablé aquella primera vez con el Señor. Jesucristo me ha permitido iniciar un ministerio evangelístico aquí mismo en la prisión.
Si Cristo pudo cambiarlo a él, también te puede cambiar a vos.
REFLEXIÓN – Viví la potencia de Dios.

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