21 de Enero – Bismarck

“Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él.”  Efesios 1:4 (RVR)
Bismarck
El Bismarck fue el primero de los dos acorazados clase Bismarck construidos para la marina de guerra alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Luego de una corta pero terrible acción militar donde destruyó varios barcos aliados, el Bismarck fue herido de muerte. Un torpedo destrozó uno de los timones del acorazado alemán y lo dejó imposible de maniobrar. La mañana siguiente, el inmovilizado Bismarck fue atacado y neutralizado por el intenso fuego de varios buques británicos, tras lo que su tripulación lo echó a pique y se hundió con gran pérdida de vidas.
Durante esa noche, todos los marineros hicieron lo humanamente posible para salvar su barco. Pero el timón estaba destruido, y el acorazado giraba en grandes círculos sin poder cambiar de rumbo. Eran necesarios tres ingenieros en un dique seco para reparar el daño. En el barco, solo había uno.
Cuando el comandante pidió voluntarios para arreglar el timón, cientos se ofrecieron. Pero ninguno calificaba para realizar la reparación en aguas heladas y con extremas condiciones de calidad. Solo un ingeniero podía hacerlo y bajó a tratar de solucionar el problema. No había ningún otro que tuviera sus cualidades para hacerlo.
La relación con Jesucristo es inmediata. Dios quería salvar a la humanidad que estaba en peligro. Estábamos sin timón, a la deriva, perdidos y sin esperanza. El pecado nos estaba bombardeando la vida sin piedad y estábamos condenados a hundirnos. El cielo se llenó de voluntarios deseosos de obedecer la orden del Rey del universo. Dios miró en todos los rincones de la eternidad, pero sabía que no tenía opción.
Había un solo ser en todo el cielo que tenía las cualidades necesarias para arreglar el problema. No había sustituto, no había plan B, no había un reemplazo. Dios levantó la mirada y la cruzó con Jesucristo. Él estaba de pie, sin dudar, firme. Él quería ser el Salvador tuyo y mío. Sabía lo que tenía que enfrentar, no iba a bajar desconociendo los riesgos ni los dolores.
Y lo más maravilloso es que Jesucristo lo hizo. Bajó a esta tierra y murió en la cruz para salvarme y salvarte. Lo hizo para que seas santo. ¿Pensaste hoy en lo que le costó a Dios tu salvación?
REFLEXIÓN – No había otro, solo Jesucristo es digno.

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