22 de junio – Selección

“Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, el hermano de Jacobo, y los llevó aparte, a una montaña alta.“ Mateo 17:1 (NVI)
Sin lugar a dudas, Jesucristo fue en la tierra un perfecto ejemplo de santidad. Jamás pecó ni hubo engaño en su boca. Nunca en su pensamiento se cruzó un concepto negativo o pecaminoso. Fue, es y será siempre la perfección absoluta. Siempre escuché hablar de la universalidad del amor de Cristo, y esto es incuestionable. Por eso llama tanto la atención la selectiva confidencialidad del maestro.
En el monte de la transfiguración, sólo estaban presentes tres de sus doce discípulos. Luego sucedería un hecho espectacular y es de suponer que todos desearan poder ver a Cristo con toda su Gloria. Pero únicamente hubieron tres convocados para semejante evento. ¿Es que acaso eran los más importantes o mejores que los otros? ¿Acaso Jesucristo discriminaba a sus seguidores por algún motivo? Definitivamente no. Dios acepta a todos por igual. Pero Él eligió con quien estar en los momentos significativos.
En la intimidad del monte de la transfiguración, en la resurrección de la hija de Jairo, en el huerto de Getsemaní, Cristo convocó nada más que a un pequeño grupito de escogidos. La única razón para entender esto es simplemente que Él prefería estar con algunas personas y con otras no. Selección de afectos, empatía o compatibilidad de caracteres. El perfecto Dios decidió con quién deseaba estar.
Se podría objetar la actitud de Jesucristo diciendo que discriminaba al resto de sus discípulos, o que hacía distinciones con algunos. Pero el Ser más perfecto de la eternidad, no hacía ni hace diferencias de personas. Sin embargo, en ciertas oportunidades eligió con quien juntarse.
Es necesario aprender del gran Maestro. No es posible ser amigos de todos. No se puede salvar a todos. No se puede socorrer a todos. Sin discriminar o despreciar a nadie, Cristo nos enseña que no se puede tener intimidad con todos. Hubo cientos de muertos cuando Jesucristo estuvo en Palestina, pero sólo resucitó a tres. Hubo miles de leprosos, pero sólo sanó a algunos. Hubo miles de hambrientos, pero sólo alimentó a cinco mil. Si Él, que era, es y será el Dueño de todo, limitó su accionar seleccionando a quién destinar sus esfuerzos, sería muy bueno que aprendiéramos la lección para no cometer el error de querer hacer más
de lo que podemos.
REFLEXIÓN – El que mucho abarca, poco aprieta.

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