22 de Noviembre – Consecuencia


Sus vestidos están llenos de inmundicia; no tomó en cuenta lo que le esperaba. Su caída fue sorprendente; no hubo nadie que la consolara. ¡Mira, Señor, mi aflicción!  ¡El enemigo ha triunfado!” Lamentaciones 1:9 (NVI)
Consecuencia
El libro de lamentaciones es muy triste. Cuenta la experiencia del profeta Jeremías durante el sitio a la ciudad de Jerusalén. Dios había advertido a su pueblo que por su pecado, el castigo era inminente pero nadie quiso escuchar. La realeza se rodeó de falsos profetas que auguraban bienestar, solvencia y prosperidad. Solo Jeremías era portador de malas noticias. Tal es así que nadie quería escucharlo. Algunos meses más tarde, cuando el sitio se hacía sentir, el hambre pesaba, el agua escaseaba, el enemigo se mofaba y las pestes crecían, Jeremías pensaba en lo mal que lo estaba pasando y que nadie había querido escucharlo. A pesar de ser el hombre escogido por Dios, no la pasaba mejor que el resto.
Estaba en medio de la ciudad, con la misma hambre que los demás, sucio, sediento y sin esperanzas. Y en medio de tanto problema, eleva su queja al cielo. No era justo lo que él estuviera padeciendo, el había sido el mensajero. El pecado era del pueblo que no había querido cambiar su error, pero estaba sufriendo igual.
Lo terrible de la situación es que en medio de tanto caos, el pueblo de Judá seguía sin hacerse cargo. Nadie reconocía su pecado ni que habían fallado, ni que sus vidas estaban manchadas por la inmundicia que habían hecho. El terrible castigo de Dios no se había hecho esperar y lo estaban padeciendo.
No había consuelo en Jerusalén, el sufrimiento no discriminaba por edad, sexo, billetera o status social. Todos estaban igualmente desesperados. Parece escucharse el eco de la sentencia divina: toda decisión tiene consecuencias. No es posible pecar y creer que quedaremos impunes. El pecado siempre paga mal.
Judá fue un claro ejemplo de esto. Hombres que sufrieron sin consuelo por sus malas decisiones. Pasaron cientos de años y seguimos cometiendo el mismo error. Creemos que porque Dios no nos censura ni critica, tenemos impunidad para pecar. Creemos que no hay consecuencia por nuestra desobediencia. Nuestra vida espiritual es mediocre, nos olvidamos de Dios, no leemos ni oramos, no buscamos la santidad, nos regodeamos con los pecados que hacemos y pensamos que nada tiene consecuencias. Nos equivocamos, porque  Dios no aprueba el pecado.
REFLEXIÓN – Toda decisión tiene consecuencias.

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