22 de septiembre – Mano

“Aunque yo ande en medio de la angustia, tú me vivificarás; extenderás tu mano contra la ira de mis enemigos, y tu diestra me salvará.” Salmo 138:7 (NVI)
Connie está cada día más linda e inteligente. Cuando todavía no sabía hablar, se sabía hacer entender a la perfección, y había tomado esta costumbre: Cuando quería algo, me llamaba, me tomaba de la mano y me guíaba hasta donde se encontraba lo que buscaba o quería. Entonces me pedía: ¡upa!, y una vez que estaba a la altura correcta, señalaba lo que deseaba tomar. No existe una sensación más tierna que la mano de mi pequeña hija en la mia, mientras me llevaba hacia su objetivo. Disfruté mucho de esos momentos de ternura.
En el presente también, ella se siente confiada y segura cuando la llevo de la mano. No duda, no pregunta, avanza con paso firme hacia su objetivo. Sabe que su papá la va a llevar por un buen camino y va a conseguir lo que necesita. Leía este salmo y me acordaba de Connie, porque los adultos perdimos esa capacidad de confianza y seguridad. Desconfiamos, dudamos y tratamos de arreglar las cosas por nuestros medios.
Solo recurrimos a Dios cuando el fracaso es insostenible y las puertas se han cerrado, reclamando que Él realice un milagro salvador. Le exigimos a Dios que en nuestro peor momento, cuando nuestro barco ya está casi hundido, obre de manera increíble y solucione todos nuestros problemas. Pero nos olvidamos durante mucho tiempo, de buscar Su presencia y compañía, de rogarle Su dirección para saber qué camino tomar. No nos interesó escuchar antes Sus sugerencias y consejos.
Le soltamos la mano a Dios, para hacer nuestro camino. Quisimos marcar el sendero y pretendimos saber cuál era la dirección correcta, sólo para encontrarnos en una encrucijada sin salida. El salmista conocía bien este tipo de situaciones. Por eso supo anticiparse a la disyuntiva. No se había cortado solo. Había permanecido bien cerca de Dios, y cuando llegó la tormenta, se aferró más desesperado de Su mano poderosa. No importaba cuán terrible era su angustia, sabía que la mano de Dios no lo iba a soltar.
El salmista estaba seguro que la diestra divina, lo ayudaría. Sin importar cuán grave fuera la situación que estaba padeciendo, sin buscar soluciones por su cuenta, sin inventar puertas mágicas, Dios lo salvaría.
Y hoy te invita a que tengas esa confianza. Volvé a confiar en Dios. Es más seguro.
REFLEXIÓN – Aferrate de la Mano de Dios.

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