23 de julio – Excusa

“Yo les contesté que todo el que tuviera joyas de oro se desprendiera de ellas. Ellos me dieron el oro, yo lo eché al fuego, ¡y lo que salió fue este becerro!” Éxodo 32:24 (NVI)
Escuché nuevamente esta historia y volví a sorprenderme por la creatividad humana. Moisés había subido al monte a recibir de parte de Dios los 10 mandamientos. Un hecho único en la historia. Dios mismo iba a escribir con su dedo, sobre dos tablas de piedra sus máximas leyes. El pueblo sabía que había ido para ese fin y se quedó acampando al pie del monte. Como Moisés tardaba en bajar, el pueblo se impacientó, y comenzaron los comentarios por lo bajo. Primero unos pocos, luego otros, cada vez más personas se sumaban a los comentarios que circulaban. Que Moisés había desaparecido, que los había abandonado, que no había noticias, que era mejor buscar otros dioses.
Y ese pueblo chusma, criticón y tonto, que había visto la mano poderosa de Dios actuando hacía muy poco tiempo, se levantó para hacer una petición. Fueron a buscar a Aarón, el hermano de Moisés, un hombre espiritualmente apto para dirigir al pueblo en los aspectos religiosos relacionados con Dios, y le hicieron el planteo: Necesitamos ver a Dios, queremos un ídolo de oro.
Si había algo que Dios había prohibido taxativamente era tener estatuas. Todos lo sabían y en especial Aarón. Y cuando tuvo su gran momento para dejar de estar a la sombra de su hermano y mostrar lo que realmente era capaz de hacer, el gran sumo sacerdote de Israel ¡le pidió a cada uno que llevara un poco de oro para hacer un becerro! A contramano de lo que se esperaba de él, en lugar de mantener el principio divino, se dejó llevar por el pedido inmaduro y tonto de unos pocos negligentes.
Y para hacerla completa, cuando la situación se descontroló, Moisés bajó del monte sin poder creer lo que estaba viendo y le preguntó a su hermano de dónde había salido el becerro, este hombre, supuestamente espiritual, mintió diciendo: eché oro al fuego y salió el becerro. Una tontería total. Una excusa absolutamente ridícula.
Frente a Dios, todas tus excusas se asemejan a la excusa de Aarón. No importa como quieras presentarla, frente a la santidad de Dios, tu pecado suena siempre así de ridículo y tonto en los oídos divinos.
REFLEXIÓN – No te excuses. Actuá bien.

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