24 de noviembre – Atento

“Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal.” 1 Pedro 3:12 (NVI)
Leer el diario a la mañana o escuchar los noticieros por la tarde es una dosis segura de depresión. No se escuchan noticias agradables y bonitas. Sólo se habla de muerte, desastres, robos, abusos y delitos. Vivimos días muy violentos. Y parece que el corrupto, el ladrón, el mentiroso y el tramposo prosperan. Es como si fuera el mundo del revés, donde los malos siempre salen bien parados y tienen un muy buen estándar de vida. En contraposición a esta realidad, el bueno padece. Y no parece justo.
Pero ya nos resulta habitual esta situación. Los ciudadanos honestos pagamos los impuestos. Los corruptos y ladrones le encuentran la vuelta para ser eximidos. Los ciudadanos comunes trabajamos y pagamos el boleto del tren o del colectivo para poder llegar al trabajo. Los amigos del gobierno de turno, pueden hacer un piquete, viajar gratis y molestar a todos cortando una calle. Y esto parece no cambiar.
Pero duele mucho más, cuando el problema es personal y Dios no responde. Cuando las dificultades son de otro, no nos preocupa demasiado. Pero cuando el problema está en casa, allí es cuando la angustia florece. Y entonces reclamamos. ¡¿Cómo puede ser posible que me pase esto?! ¡¿Qué hice yo para merecer semejante situación?! ¡Habiendo tantas personas malas en el barrio, ¿por qué me tenía que pasar esto justo a mi?!
Una respuesta lógica sería preguntar, ¿y por qué no? Nos creemos ajenos a cualquier inconveniente. Pensamos que estamos eximidos del sufrimiento y que los males sólo les pueden tocar a los demás. Y cuando nos toca a nosotros, nos quejamos con fuerza. Es en esos días cuando creemos que Dios está lejos y no nos escucha. Le rogamos por una respuesta, y escuchamos nada más que el silencio.
Pedro conocía tal sensación. Y por eso nos recordó esa verdad eterna. Dios tiene sus ojos fijos en tu persona, Él está atento y alerta a tus movimientos y necesidades. No sos uno más del montón, ni estás en la lista de olvidados de Dios. Él jamás se olvida de nadie. Y sus oídos están siempre dispuestos para escuchar tus ruegos. ¿No tenés respuesta? Es posible que Dios tenga otros tiempos y su reloj no marque la misma urgencia que el tuyo. Pero Él siempre escucha.
REFLEXIÓN – Tenés a Dios siempre alerta por vos.

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