25 de febrero – Valor

“Serás para mi especial tesoro, dice Jehová de los ejércitos, en el día que yo actúe. Los perdonaré como un hombre perdona al hijo que lo sirve.” Malaquías 3:17 (NVI)
Cuando era chico, leí una de las tantas versiones del famoso cuento del rey Midas. Un rey que deseaba tener el tesoro más grande de la tierra porque era extremadamente ambicioso. Por eso, consultó con su mago principal y le pidió que le diera la posibilidad de convertir en oro todo lo que tocase con sus manos. El mago accedió a su petición, y le dio un polvo para tomar diluido en agua.
A la mañana siguiente, cuando Midas se despertó, corrió las sábanas para levantarse y las convirtió en oro. Se fue a poner los zapatos, y se convirtieron en oro. Alucinado, el rey comenzó a tocar todo lo que pudo, y a consecuencia del encantamiento, todo se convertía en oro. Cuanto más tenía, más quería. Y no se cansaba de pedir cosas para tocarlas, y así incrementar su tesoro.
Hasta que un día su hija fue a verlo, y como solía hacer siempre, el rey Midas la abrazó y la convirtió en oro.
¡¡¡No!!! – Fue el grito desgarrador. Inmediatamente mandó a llamar al mago para que deshiciera el hechizo. Quería a su hija de carne y hueso, no a una estatua de oro. Se había dado cuenta de que poseía algo que era mucho más valioso que el oro, y de que lo había perdido. Ninguna riqueza del mundo podía equipararse a su hija. Quizá nunca se había ocupado mucho de ella, pero uno aprecia la importancia de lo que tiene cuando lo pierde.
El mago le dijo que para lograrlo sería necesario romper todo el hechizo y así cada cosa que el rey había convertido en oro volvería a su estado original. El rey Midas se dio cuenta que, en realidad, su mayor tesoro no era el oro, sino su hija. Y ordenó revertir el hechizo.
Es bastante común descubrir el valor que tienen las cosas cuando las perdemos. Pero Dios no es así, sino a la inversa. Para Dios somos su especial tesoro, algo valiosísimo, aun antes de ser sus hijos.
Por eso permitió que Jesucristo sufriera la peor de las muertes, para salvarnos. Para Dios, tu vida vale la vida de Cristo.
¡Agradecele y adora a Dios por su inmenso amor, y porque para Él sos su especial tesoro!
REFLEXIÓN — Para Dios sos siempre muy valioso.

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