29 de Noviembre – Propiedad

“Habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.” 1 Corintios 6:20
Propiedad
Uno con sus bienes puede hacer lo que desee. Es el derecho de propiedad. Nadie puede prohibirte que rompas tu televisor con un palo. Pueden decirte que fue una tontería, tus amigos pueden aconsejarte que no lo hagas, pero nadie tiene fuerza legal para evitar que lo hagas. No hay ley que te impida dañar algo de tu propiedad. Es tuyo y podés hacer lo que quieras con eso.
Como contrapartida, la ley prohíbe y penaliza el daño de la propiedad ajena. Los códigos civiles, comerciales y penales están llenos de normas que regulan el comportamiento humano y los castigos para aquellos que rompen esas leyes. Cuanto mayor es el daño causado, tanto mayor es la pena que se aplica al que daña.
Este principio de propiedad, es tan viejo como el hombre mismo. Desde que el hombre se convirtió en un ser social, diseñó normas que regulasen las relaciones personales y la conducta de la sociedad. Determinó reglas de conducta y penas para quienes las rompan. En nuestra sociedad tan evolucionada, hay cada vez más cuidado por este principio de propiedad privada.
Todos lo aceptamos como bueno, y nos quejamos o enojamos cuando alguien se abusa y destruye un bien que es de nuestra propiedad. Y está bien que sea así. Enoja ese tipo de actitudes.
Lo que es lamentable, es que muy pocas veces, pensamos de esa manera en lo que respecta a Dios. Pablo había notado que en la iglesia de Corinto estaba este problema, que lamentablemente sigue vigente entre nosotros. A nadie le importa abusar de la propiedad de Dios. Nadie ser preocupa, si rompe un bien Divino.
Esto se nota en como usamos nuestro cuerpo. Pecamos con liviandad, como si fuera normal y natural. Y no nos preocupa. Los jóvenes hoy se drogan, se alcoholizan, fuman, se aturden con música, se pierden en la pornografía, y no importa.
No se dan cuenta, que están dañando la propiedad privada de Dios. Cada pecado que cometemos es destruir un poco ese bien ajeno. Cuanto más grave sea el daño que provocás tanto mayor debería ser el castigo que tendrías que recibir. Fuimos comprados por Dios, al enorme precio de la sangre preciosa de Cristo. Ya no somos nuestros. Somos de Dios. Él es nuestro Dueño.
REFLEXIÓN – No rompas tu vida, es de Dios.

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