3 de julio – Decisión

“Cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres le inclinaron el corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto para con Jehová su Dios, como el corazón de David, su padre.” 1 Reyes 11:4 (RVR)
No hubo hombre más sabio que Salomón. Fue uno de los reyes más grandes que hubo sobre la tierra. Sus riquezas, su influencia, su famosa sabiduría y su poder fueron tremendos. Logró todo lo que quiso hacer. Dios le había prometido prosperar su reino y engrandecerlo siempre y cuando cumpliera con dos condiciones: obedecerlo y tener un corazón recto delante de Él como lo había tenido su padre David.
Ambos cumplieron su parte del pacto, y el reino de Salomón fue ejemplar. Pero, con tanto poder y riquezas, hizo algo que no debía haber hecho. Tomó mujeres de los pueblos vecinos para casarse con ellas. Era algo que Dios había prohibido, y que él hizo igual. Aunque, en todo lo demás siguió siendo fiel a Dios.
Pero cuando llegó a viejo, y estaba cansado, la presión de sus mujeres finalmente doblegó su voluntad. Es como el agua y el acantilado. No hay nada más duro que una roca, pero la presión constante del agua, el elemento más blando de la tierra, y su continuo golpetear, logran, finalmente, que el acantilado se desmorone.
Así es que Salomón permitió que sus mujeres levantaran altares a sus dioses, y los adoraran. Y un tiempo después, lo convencieron para que él también adorara a esas estatuas. El hombre más sabio del mundo, el más poderoso, y el más capacitado, terminó sus días olvidando a Dios y adorando una estatua de piedra. Es lamentable. Pero la obra del pecado es justamente esa.
Pareciera tratarse de una nadería, que es una pequeña faltita insignificante, que lo podemos dominar, que lo podemos controlar. Pero una vez que lo hicimos, ya no se puede volver atrás. Y esa pequeña falta lleva a otra, y esta última a otra un poco más grande.
Si alguien le decía a Salomón cuando era joven, que iba a terminar adorando a los dioses de los pueblos vecinos por culpa de sus muchas mujeres, seguramente lo hubiera tratado de loco, y se hubiera enojado mucho.
Por eso Dios exige obediencia completa, los 365 días del año. Porque cuando te comenzás a deslizar por la pendiente, es muy difícil subir nuevamente.
Es mejor, estar atento, y no descuidarse. Y antes de cada elección, consultarlo a Dios.
REFLEXIÓN — Cada decisión tiene consecuencias.

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