30 de abril – Razones

“Sube hasta la cumbre del Pisgá y mira al norte, al sur, al este y al oeste. Contempla la tierra con tus propios ojos, porque no vas a cruzar este río Jordán.” Deuteronomio 3:27 (NVI)
No hubo en la historia de la humanidad otro líder como Moisés. No se registra otro caso de un hombre que haya dirigido a un pueblo durante cuarenta años peregrinando por un desierto. Hubieron siempre grandes estadistas, grandes generales, grandes ideólogos, personas increíbles que hicieron cosas increíbles. Pero Moisés fue único en su especie.
Con ochenta años regresó al país de donde había huido cuando tenía cuarenta y era el príncipe del reino. Se escapó porque había matado a un soldado en una riña callejera. Estuvo cuarenta años pastoreando ovejas en el desierto cuando Dios lo llamó para que liberara a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Por esa razón Moisés volvió a la tierra donde había nacido.
Durante otros cuarenta años, estuvo guiando y soportando los caprichos de un pueblo molesto, cambiante y quejoso. Su figura es una referencia histórica en el liderazgo de masas. Y a lo largo de esos cuarenta años, jamás perdió la línea. Excepto una vez, cuando el pueblo reclamaba agua.
Los requerimientos del pueblo eran constantes, cotidianos y hasta absurdos. Agotaban la paciencia y destruían el ánimo. Ese día, el pueblo estaba exigiendo agua. Dios hizo el milagro: de una piedra surgió un manantial. Y le pidió a Moisés que tocara la piedra para que brotara el agua. Moisés, cansado de tantas presiones, en lugar de tocar la piedra la golpeó. El agua brotó, el pueblo quedó satisfecho y todos calmaron su sed.
Pero Dios cuestionó el accionar de Moisés. Y por no haber obedecido la orden, le impidió entrar en la tierra prometida. Me resulta muy difícil entender el por qué de esta decisión. La motivación de Moisés para soportar semejante presión durante cuarenta años era entrar en Canaán. Y por golpear la roca, en vez de tocarla, Dios lo dejó fuera de la bendición. Sólo pudo mirarla de lejos.
Humanamente hablando, no es algo aceptable. Moisés merecía otro final. Demasiado esfuerzo para quedarse sin nada por un error. Sin embargo, Moisés no pudo ver la tierra prometida más que de lejos. Dios tuvo sus razones para tomar esa decisión, y seguramente en el cielo la comprenderemos. Si hay cosas que no entendés en tu vida, confiá en la Sabiduría de Dios para decidir.
REFLEXIÓN – Dios tiene sus razones.

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