7 de abril – Mano

“Jesús y, poniéndose en medio de ellos, los saludó: ¡La paz sea con ustedes! Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron.” Juan 20:19-20 (NVI)
La Pascua es una fiesta que ya está instaurada en la cristiandad. Todavía podemos ver cierto recogimiento religioso en este período de recordación. Sin lugar a dudas, el Domingo de Resurrección es un día de regocijo, porque Dios, que estaba muerto y sepultado, volvió a la vida. ¡Cómo no vamos a celebrar la gloriosa resurrección de Cristo en aquel domingo maravilloso! Fue el día en que Dios mató a la muerte y destruyó el último escollo de terror para el ser humano. La muerte y sus nefastas consecuencias fueron derrotadas en aquella memorable ocasión.
Sin embargo, los discípulos no podían verlo así. Había demasiado miedo, demasiado fracaso, demasiada traición en aquellos días como para poder celebrar con felicidad. Y cuando recibieron la noticia de la resurrección no la creyeron. No pudieron entender que eso fuera cierto. Así que Jesucristo debió exhibir las credenciales que garantizaban su resurrección, y mostró sus manos.
Las mismas manos que habían curado tantos enfermos, que habían acariciado a tantos afligidos, que habían repartido tantos alimentos, que habían sostenido a los débiles, estaban ahora destrozadas por los clavos de la cruz. Fueron esas mismas manos las que Jesucristo extendió a sus discípulos cuando los saludó dándoles Su Paz.
No había ya sospechas sobre la realidad de la resurrección. Esas manos, tan conocidas, no dejaban lugar a dudas. El mismísimo Maestro que durante largo tiempo los había capacitado, estaba de vuelta al lado de ellos para ofrecerles Su Paz. Manos que curan, manos que sanan, manos que acarician.
Si hoy estás pasando un momento de angustia o tristeza, si te sentís solo o fracasado, si querés bajar los brazos, si preferís renunciar, Jesucristo vuelve a aparecerse en tu vida, para decirte: Paz para vos. Y extiende una vez más sus preciosas manos marcadas para acariciar tu alma con delicadeza y dulzura.
El poderoso Dios, que resucitó al tercer día, se presenta nuevamente en tu vida para ofrecerte Su Paz. No podés dudar de Él. Si te fijás bien, todavía lleva las cicatrices terribles de la Cruz. Y las va a llevar por toda la eternidad. Serán las huellas por las que lo adoraremos por siempre. ¡El vencedor de la muerte está a tu lado, y te quiere dar Su Paz!
REFLEXIÓN – Dejate tocar por Jesús.

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