8 de diciembre – Sana

“Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas.” Salmo 147:3 (RVR)
Hay heridas que dejan marcas. Cuando era chico andaba mucho en bicicleta, y como todo chico, la tenía medio rota. No tenía los pedales ni el guardabarros. Era una bici verde que había heredado de mi hermano mayor. Un día estaba andando, tomé una curva muy cerrada a mucha velocidad y perdí el control. Los pies se salieron de los pedales y casi me voy al piso. Desesperado apoyé los pies sobre la tierra, recobré la estabilidad y evité el desastre. No me había dado cuenta, pero en ese movimiento brusco, mi pierna rozó contra el pedal roto y el fierro me hizo un tajo de diez centímetros en el gemelo izquierdo.
Pasaron más de treinta años y la cicatriz sigue estando. Pero todavía me acuerdo la velocidad con la que mi papá actuó cuando me vio caminando con la pierna ensangrentada. No le interesó qué estaba haciendo con la bici ni la curva cerrada que había tomado. Sólo quiso saber con qué me había cortado. Luego analizó la profundidad del corte, lavó bien la zona para que no se infectara, puso alcohol (y eso ardió mucho) y después vendó la herida.
Cuando terminó de vendarla, me abrazó fuerte un rato y después me dijo: “No seas pájaro, tenés que tener más cuidado”. El abrazo y las palabras cariñosas curaron más que la venda y el alcohol. Al rato, ya estaba jugando de nuevo pero con más cuidado.
Dios es tu papá y te ama con amor eterno. Él sufre cada herida tuya y le duele tanto a más que a vos. Dios conoce cada una de tus heridas y sabe lo que sufrís en cada una de ellas. Dios cuenta tus lágrimas y sabe de tu angustia. Por eso cuando te ve herido y sufriendo actúa con velocidad y certeza. Dios busca sanar la herida de tu corazón quebrantado. Difícilmente sangre esa herida, pero puede ser que sea más dolorosa y que deje una cicatriz aún más profunda. Dios te cura con el bálsamo de su Espíritu y te venda con sus manos tiernas.
Dejalo a Dios que te cure, que pueda sanar tu corazón quebrantado, que pueda vendar tu alma triste. Él sabe como curarla. Tal vez que quede la cicatriz, pero seguro que Dios te sana.
REFLEXIÓN – Dios es tu mejor enfermero.

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