9 de agosto – Abogado

“Hijitos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.” 1 Juan 2:1 (RVR)
Desde siempre las personas necesitamos sentirnos cuidadas, seguras, protegidas. A nadie le gusta sentirse indefenso. Cuando somos chicos recurrimos a nuestro hermano mayor o a nuestro papá para que nos proteja o ayude.
Ese mismo sentimiento de necesidad se manifiesta también en nuestra vida cristiana. Sabemos que al creer en Jesucristo como Salvador y al recibirle cuando pedimos perdón, Dios, en su gran amor, nos perdona y nos hace sus hijos. Juntamente con la bendición de pertenecer la familia de Dios, viene también la responsabilidad de vivir santamente. Porque Dios dijo “Sean santos porque Yo Soy Santo”.
Vivir en santidad no significa estar encerrado entre cuatro paredes. Significa vivir cada día a pleno, disfrutando de cada momento, divirtiéndonos, pero actuando permanentemente como Dios quiere.
Nuestra conducta, pensamiento, hablar, mirar y sentir debe ser según las normas de Dios. Vivir de manera santa (sin cometer pecado) es algo imposible. Porque todos somos pecadores perdonados, pero que tenemos aún en nuestro cuerpo la vieja naturaleza que nos impulsa a ceder ante la tentación. Como decía el apóstol Pablo: “el mal que no quiero hacer, eso hago, y el bien que quiero hacer, eso no hago, miserable hombre de mí”.
Dios conocía esta realidad de la que ninguno puede escapar, y nos dejó un remedio súper eficaz. Tenemos, cada vez que pecamos, un abogado que intercede por nosotros. No es cualquier abogado, es uno que fue tentado en todo, como nosotros, pero que jamás cometió pecado. Que puede compadecerse de lo que nos pasa, porque sufrió lo mismo que nosotros y más. Tenemos un abogado increíble y maravilloso JESUCRISTO.
Cuánta paz nos da al alma saber que Jesucristo está permanentemente abogando por nosotros. No importa lo ocupado que esté, siempre tiene tiempo para atender un nuevo problema nuestro; no importa cuán grave sea la falta, su amor y su sangre tienen la fuerza y el poder para limpiarla y hacerla desaparecer.
No hay pecado tan grande que Dios no pueda perdonar, porque tenemos de nuestro lado el Abogado Eterno, Jesucristo. Este es un muy buen momento para agradecerle por su enorme generosidad y su eternal paciencia.
REFLEXIÓN — No importa lo grave de tu falta, con Jesús, tenés el juicio ganado.

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