El canon del Antiguo Testamento
¿Biblia católica o protestante?
Aquí empezamos a desarrollar un tema sumamente importante. En primer lugar porque
nos va a responder acerca de una duda generalizada y que causa mucha confusión. ¿Por
qué las Biblias católicas tienen otros libros que no tienen las protestantes? La verdad
que el tema es largo así que trataremos de ordenarlo de la manera más sintética y clara
posible. Por eso comenzamos con el Antiguo Testamento y luego de dilucidado éste lo
haremos con el Nuevo Testamento.
La palabra ‘canon’, que significa literalmente “caña” o “vara de medir”, fue usada para
denominar la lista de los libros reconocidos como la palabra inspirada de Dios para
distinguirlos de entre todos los demás libros como la ‘regla de fe’.
Cómo ya vimos anteriormente, a medida que Dios se fue revelando progresivamente a
la humanidad, de manera paralela, Él fue preparando la formación del libro que había de
ser el medio de la revelación en sí mismo.
Así tenemos por ejemplo, muy temprano en la historia, los diez mandamientos,
grabados en piedra, Deuteronomio 10:4, 5.
-Las leyes de Moisés escritas en un libro, fueron guardadas al lado del arca.
Deuteronomio 31:24-26.
-También se hicieron copias de este libro. Deuteronomio 17:18.
-Josué añadió al libro. Josué 24:26.
-Samuel escribió en un libro y lo guardó delante de Dios. I Samuel 10:25.
-Este libro era bien conocido 400 años después. II Reyes 22:8-20.
-Los profetas escribieron en libros. Jeremías 36:32; Zacarías 1:4; 7:7-12.
-Luego vemos también que Esdras leyó este libro de la ley públicamente. Esdras 7:6;
Nehemías 8:5.
De esta manera llegamos al tiempo de Jesús donde éste libro se le llama “La Escritura”
y era leído públicamente y enseñado con regularidad en las sinagogas. De manera que
era recibido entre el pueblo como Palabra de Dios. Y tengamos en cuenta que el mismo
Jesús compartió este pensamiento y lo llamó repetidamente por ese nombre.
Es sumamente llamativo que el Nuevo Testamento contiene unas 300 citas de estas
“Escrituras” y también que no cita de ningún otro libro fuera de ellas, salvo únicamente
las palabras de Enoc, que aparecen en la epístola de Judas.
Recordemos que muchas de estas citas se hacen de la versión Septuaginta del Antiguo
Testamento que estaba en uso general en la época de Jesús y aun cuando esta versión
contenía los libros apócrifos, no aparece en el Nuevo Testamento ninguna cita referente
a los mismos. Esto es también una evidencia de que ni Jesús ni los apóstoles
reconocieron a los libros apócrifos como parte de Las Escrituras.
Es muy importante para nosotros que estas Escrituras se componían de 39 libros que son
los mismos que figuran hoy en nuestro Antiguo Testamento. La única diferencia era la
manera en que estaban ordenados:
Se les llamaba La Ley a los primeros cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y
Deuteronomio.
Los Profetas incluían: Josué, Jueces, Samuel, Reyes, Isaías, Jeremías, Ezequiel y los
profetas menores.
Los Escritos que se componían de: Salmos, Proverbios, Job, Cantares, Ruth,
Lamentaciones, Eclesiastés, Esther, Daniel, Esdras, Nehemías y Crónicas.
De esta manera ustedes notaran que hacen 24 libros, tal como los clasificaban los
hebreos. ¿Y por qué 24 y no 39? Sencillamente porque combinando los dos libros de
Samuel, dos de Reyes, dos de Crónicas y Esdras y Nehemías como uno, y los 12
profetas menores (que se escribían en un solo rollo) en uno, hacen 24 que son
exactamente los mismos 39 del Antiguo Testamento nuestro.
Ahora bien, hasta aquí seguramente nos viene dando vuelta en la mente la pregunta:
¿Quién fue el que determinó la canonicidad de estos libros como regla final? La verdad
es que no hay una respuesta concreta acerca de cómo este grupo de libros se completó y
fue puesto o considerado aparte como la palabra reconocida de Dios. La tradición judía
le atribuye a Esdras esta recopilación y selección final de los libros.
Ahora notemos como hemos visto antes, que nosotros creemos que a medida que los
libros iban siendo escritos, comenzando desde Moisés, ya fueron en su propia época
reconocidos, como inspirados, por Dios mismo y guardados en el tabernáculo, o en el
templo según se iban acumulando. Uno también se imagina que en el cautiverio
babilónico, por ejemplo, muchos de estos escritos se perdieron.
Fue Esdras quien, al regreso del cautiverio, reunió los ejemplares dispersos y los
devolvió como grupo completo a su lugar en el templo; de allí se harían copias de
copias para las sinagogas de los distintos lugares donde estaban dispersados los judíos.
Tomamos un texto interesante del “Compendio Manual de la Biblia” de Henry H.
Halley quien se refiere a un texto escrito por el gran historiador judío del primer siglo,
quien dice lo siguiente:
“Tenemos solamente 22 libros que contienen la historia de todos los tiempos, los cuales
se consideran divinos. De éstos, cinco pertenecen a Moisés y contienen sus leyes y las
condiciones del origen de la humanidad hasta el tiempo de su muerte. Desde la muerte
de Moisés hasta el reino de Artajerjes, los profetas que sucedieron a Moisés escribieron
la historia de los eventos que ocurrieron en sus propios tiempos en 13 libros. Los
restantes 4 libros son de himnos a Dios y preceptos para la conducta de la vida humana.
Desde los días de Artajerjes hasta nuestros propios tiempos, todo evento en verdad ha
sido registrado; pero estos registros recientes no se han tenido por dignos de igual
crédito que aquellos que los precedieron por cuanto no ha habido una exacta sucesión
de profetas.
En esto hay demostración práctica del espíritu en el cual tratamos nuestras Escrituras;
pues aun cuando ha ocurrido tan grande intervalo de tiempo, nadie se ha atrevido a
añadir ni quitar ni cambiar una sola sílaba. Y es instintivo de todo judío, desde el día en
que nace, considerar a estas escrituras como enseñanza de Dios, persistir en ellas y si
fuere necesario, gustosamente dar sus vidas por ellas.” (Flavio Josefo).
Como pueden ver este testimonio es de suma importancia. Josefo nació en el 37 DC en
Jerusalén, de la aristocracia sacerdotal. Recibió una educación esmerada, tanto en la
cultura judía como en la griega. Además fue gobernador de Galilea, y comandante
militar en las guerras de Roma, y estuvo presente en la destrucción de Jerusalén. Fue
llevado a Roma donde se dedicó a actividades literarias. Así escribió cuatro libros: “Las
guerras de los Judíos,” “Antigüedades de los Judíos”, “Contra Apión” (de donde
tomamos esta cita) y su “Autobiografía.”
Estas palabras de Josefo son testimonio inexcusable de la creencia de la nación judía de
la época de Jesús, acerca de cuáles libros constituían las escrituras hebreas y de que
aquella colección de libros se había completado y cristalizado desde hacía 400 años
antes de sus días.
Claro que aquí surge otra cuestión: ¿Cómo dice Josefo que los libros son 22?, ¿No
habíamos dicho que los judíos contaban 24?
Lo que sucede es que a veces Rut se escribía en un rollo aparte y a veces en el de
Jueces. Lamentaciones a veces ocupaba un rollo aparte y a veces se escribía con
Jeremías. Por ello generalmente el número total de rollos se reducía a 22. Y esto tenía
un propósito intencionado, que era conformarlo al número de letras en el alfabeto
hebreo.
También debemos tener presente que los traductores de la Septuaginta re-clasificaron
los libros de acuerdo a su contenido, arreglo que han seguido los traductores latinos y
modernos.
Por ello podemos notar que aunque los libros de nuestro Antiguo Testamento son
idénticos a los libros de las escrituras hebreas, no están clasificados en el mismo orden y
no se los llamó Antiguo Testamento hasta después de la terminación de las “Escrituras
Cristianas” para diferenciar entre ambos.
Los libros apócrifos
Ahora recién estamos en condiciones para entrar a estudiar los llamados libros apócrifos
o deuterocanónicos, como son llamados en las biblias católicas. Y esta palabra quiere
decir: “después del canon” y por lo tanto reconocidos en todo el mundo como apócrifos.
A su vez ésta es una palabra griega que significa “ocultos” o “secretos” y que se adoptó
porque precisamente la fecha de los mismos, su origen y la paternidad literaria de ellos
era sumamente dudosa.
Tuvieron su origen entre los siglos 1 al 3 AC. La mayoría son de procedencia ignorada
y fueron añadidos a la Septuaginta o traducción griega del Antiguo Testamento ya que
como vimos anteriormente, no estaban en el Antiguo Testamento hebreo.
Estos libros fueron escritos principalmente en el período inter-testamentario, es decir
entre Malaquías y Mateo. Ahora es importante tener en cuenta que a este período se le
llama el tiempo de “silencio de Dios” ya que cesaron las profecías, los oráculos y la
revelación de Dios.
Los judíos nunca reconocieron estos libros como parte de las escrituras hebreas. Josefo
los rechaza directamente y como ya dijimos Jesús nunca los citó y no aparecen en
ninguna parte del Nuevo Testamento. Tampoco fueron reconocidos por la Iglesia
primitiva como de autoridad canónica.
El detalle técnico a tener en cuenta para comprender bien el por qué de su aparición es
que cuando la Biblia fue traducida al latín en el siglo II DC, el Antiguo Testamento se
tradujo no del hebreo sino de la versión Septuaginta griega. “De la Septuaginta, estos
libros apócrifos pasaron a la traducción latina y luego a la Vulgata latina, que llegó a ser
la versión común de Europa hasta la época de la reforma.”
“Los protestantes que basaban su movimiento sobre la autoridad divina de la Palabra de
Dios rechazaron enseguida estos libros apócrifos por no ser parte de aquella, tal como
había hecho la iglesia primitiva y los antiguos hebreos.” (Manual de Halley).
Debemos agregar que en el siglo IV cuando San Jerónimo hizo la revisión de la versión
latina, que contenía los apócrifos, tuvo sumo cuidado en indicar a través de prefacios a
estos libros, que no se hallaban en el canon hebreo, agregando que no debían ser usados
“para establecer cualquier doctrina.”
Desgraciadamente los copistas de los manuscritos de la Vulgata latina pasaron por alto
todos esos prefacios, provocando la confusión de donde estaba el canon hebreo y donde
no estaba. Como consecuencia, muchos Padres de la Iglesia no hicieron la distinción
debida cuando en sus escritos citaban tanto de los libros canónicos como de los
apócrifos indistintamente.
Por supuesto que esta confusión, como ustedes ya habrán notado, persiste hasta el día de
hoy.
Así llegamos hasta el 8 de abril de 1546 hasta el famoso Concilio de Trento en el que la
Iglesia Católica Romana puso el sello de “su autoridad” en esos once libros apócrifos (o
parte de ellos) y decretó anatema cualquiera que no los recibiera, según la Biblia
Vulgata latina con los demás libros sagrados y canónicos.
Según puede verse claramente, ésta fue una determinación de la Iglesia Católica para
detener el movimiento protestante.
De los libros que declaró canónicos, sólo omitió III y IV Esdras y la Oración de
Manases, y que aún permanecen en las versiones católico romanas.
Daremos una breve síntesis de estos libros según el Manual de Halley:
III Esdras
Muchas Biblias católicas llaman al libro de Nehemías: II Esdras. III Esdras es una
recopilación de pasajes de Esdras, II Crónicas y Nehemías y de leyendas acerca de
Zorobabel.
IV Esdras
Pretende contener visiones dadas a Esdras referentes al gobierno divino del mundo, una
nueva era venidera y la restauración de ciertas escrituras perdidas.
Tobías
Una novela completamente desprovista de valor histórico y llena de prácticas
supersticiosas, acerca de un joven israelita, cautivo en Nínive que fue guiado por un
ángel a casarse con una “virgen viuda” cuyos siete esposos habían sido muertos por un
demonio.
Judith
Otra novela de una judía rica, viuda y hermosa que en los días de la invasión babilónica
llegó a la tienda del general babilónico y simulando enamorarse de él, le cortó la cabeza
y de esta manera salvó la ciudad en donde habitaba.
Ester 10:4-13; Capítulos 11-16
Pasajes acuñados a la versión Septuaginta del libro de Ester, principalmente para
mostrar la mano de Dios en el relato. Estos fragmentos fueron recogidos y agrupados
por San Jerónimo.
Sabiduría
Muy similar a ciertas partes de Job, Proverbios y Eclesiastés. Una especie de fusión del
pensamiento hebreo y de la filosofía griega. Escrito por un judío de Alejandría que se
hace pasar por Salomón.
Eclesiástico
También llamado “Sabiduría de Jesús, hijo de Sirac.” Se parece al libro de Proverbios.
Escrito por un filósofo judío que había viajado mucho. Da reglas de conducta para todos
los detalles de la vida cívica, religiosa y doméstica. Alaba a una larga lista de héroes del
Antiguo Testamento.
Baruc
Este libro pretende ser escrito por Baruc, el escriba de Jeremías a quien representa como
pasando los últimos años de su vida en Babilonia. Se dirige a los exiliados. Su
contenido es principalmente parafraseado de Jeremías, Daniel y otros profetas más una
vehemente denuncia de la idolatría.
Canto de los tres jóvenes (Daniel 3:24-90)
Un añadido apócrifo al libro de Daniel que pretende ser la oración de los tres amigos de
Daniel en el horno de fuego y su canto triunfal de ser librados.
Historia de Susana (Daniel 13)
Otro añadido al libro de Daniel. Relata como la esposa piadosa de un judío rico en
Babilonia, falsamente acusada de adulterio, fue liberada mediante la sabiduría de
Daniel.
Bel y el Dragón (Daniel 14)
Otro añadido apócrifo al libro de Daniel. Dos historias en las cuales Daniel demuestra
que los ídolos Bel y El Dragón no son dioses. Una se basa en el relato del foso de los
leones.
Oración de Manases
Pretende ser la oración de Manases, Rey de Judá, cuando estuvo cautivo en Babilonia
(II Crónicas 33:12,13). De un autor desconocido, probablemente del primer siglo AC.
I Macabeos
Otra historia de gran valor sobre el período Macabeo, que cuenta eventos de la heroica
lucha de los judíos para su independencia, 175-135 AC. Escrito alrededor del 100 AC
por un judío de Palestina.
II Macabeos
Este es también un relato de la lucha de los Macabeos pero se limita al período 175-161
AC. Profesa ser una abreviación de una obra escrita por un tal Jasón de Cirene, de quien
nada sabemos. Complementa a I Macabeos pero es inferior a él.
Otros escritos
Además de los libros apócrifos mencionados, hubo otros escritos del período entre el
siglo 2 AC y el 1 DC. Generalmente son de estilo apocalíptico y en el que su escritor
“toma el nombre de algún héroe muerto mucho antes, y relata la historia como si fuese
profecía.”
Se componen de una trama de visiones que profesan derivar de personas de las
escrituras más antiguas, llegando a relatos por lo demás fantasiosos. Hablan mucho del
Mesías venidero. El padecimiento vivido en el período Macabeo acrecentaba la
expectativa judía de su venida. Su base estaba dada en parte por tradiciones inciertas y
por detalles imaginarios.
Estos son algunos de ellos:
• Los libros de Enoc
Un grupo de fragmentos de varios autores desconocidos, escritos en los siglos 1 y 2 AC
que contienen revelaciones que se dicen haber sido dadas a Enoc y a Noé. Tratan del
Mesías venidero y del Día del Juicio.
• La Asunción de Moisés
Escrito por un fariseo cerca del tiempo del nacimiento de Cristo. Contiene profecías que
se atribuyen a Moisés y que confió a Josué cuando estaba próximo a morir.
• La ascensión de Isaías
Un relato legendario del martirio de Isaías y algunas de sus supuestas visiones. Se cree
que haya sido escrito en Roma por un judío cristiano, durante la persecución de Nerón a
los judíos.
• Libro de Jubileos
Un comentario sobre el Génesis escrito probablemente en el período Macabeo o poco
después. El nombre proviene de su sistema de calcular los tiempos que se basa en los
períodos de 50 años de los jubileos.
• Salmos de Salomón
Un grupo de cánticos acerca del Mesías venidero, escritos por un fariseo desconocido,
probablemente poco después de la época Macabea.
• Testamento de los 12 patriarcas
Un producto del siglo 2 AC que pretende dar las instrucciones de los 12 hijos de Jacob a
sus hijos al morir. Cada uno relata la historia y las lecciones de su propia vida.
• Los oráculos sibilinos
Escritos en la época Macabea con añadidos posteriores en imitación del estilo de los
oráculos griegos y romanos. Trata de la caída de los imperios opresores y del amanecer
de la era mesiánica.
Aquí terminamos con la breve consideración de los libros apócrifos, sin olvidarnos que
la Biblia menciona otros libros que nunca llegaron a nuestras manos. Esos libros son:
El libro de las guerras del Señor. Números 21:14.
El libro de Jaser. Josué 10.13.
El libro de Natán el profeta. I Crónicas 29:29.
El libro de Gad el vidente. I Crónicas 29:29.
La profecía de Abías Silonita. II Crónicas 9:29.
Las visiones de Iddo el vidente. II Crónicas 9:29.
Cuando leemos expresiones como “ahora el resto de los hechos de Salomón, primeros y
posteriores, ¿no están escritos en el libro de Natán el profeta, y el de la profecía de
Abías silonita y en las visiones de Iddo el vidente?” (II Crónicas 9:29) recibimos una
sencilla declaración registrada por el Espíritu Santo de que además de un relato
inspirado que nos muestran estas grandes verdades, había otros relatos más completos
de los grandes hechos de Salomón, pero las mismas palabras empleadas quieren darnos
a entender que el relato que contiene la Biblia es todo lo que Dios mismo considera
necesario conservar para nuestra instrucción.
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