16 de noviembre – Deber

“Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,” Mateo 28:19 (RVR)
No hay movimiento, encuentro, institución o congregación que no haya utilizado este texto como lema, norte o ideal. Durante siglos, los cristianos aceptamos el desafío de Dios para evangelizar al mundo apoyados en este pedido de Dios. Los Evangelios registran dos órdenes imperativas de Jesucristo en todo su ministerio.
Una fue durante la última cena: “Haced esto en memoria de mí”. La otra es esta: el llamado divino a predicar el evangelio. Desde la época apostólica los métodos han cambiado radicalmente. Ya son pocos los que se paran en una plaza a predicar el mensaje. Usamos la radio, revistas, Internet, encuentros en estadios, convocatorias musicales, pintura, títeres, congresos, charlas con especialistas y mantenemos la clásica reunión del domingo para predicar.
¿Fue esto lo que Jesucristo nos mandó? Sí, pero no. Está muy bien hacer todo eso y es meritorio, pero nos olvidamos de la esencia del mandato divino. Cristo nos mandó a hacer discípulos. Es decir, a predicarles, a cuidarlos y a ayudarlos a crecer una vez que se convirtieran. ¿Cuántos quedan después del mega evento?
Ponemos todo el esfuerzo y la organización en que salga bien, pero bajamos el telón cuando termina el acto. Cuando en realidad es allí donde comienza el verdadero trabajo. Hacer un discípulo es un trabajo arduo. Lleva muchos años, dedicación, constancia y sacrificio. Porque hay que dedicarle mucha atención personalizada y específica. Hoy perdimos este importantísimo ministerio.
Institucionalizamos los eventos, somos muy ordenados, programamos bien., pero no hacemos discípulos. Tenemos excelentes predicadores, cantantes, músicos, sonidistas, luces, presentadores, público, aplausos, pero no discipulamos. Nos creímos que con toda la puesta en escena podemos reemplazar el pedido de Cristo, y nos equivocamos.
Dios te llama a discipular. Todo lo otro que puedas hacer está muy bien. Pero tu primera responsabilidad es hacer discípulos. Trabajar personalmente con individuos para mejorar su carácter, capacitarlos para ser más espirituales y crearles la convicción de que tienen que discipular.
No importa lo que hagan los demás. Dios te manda a vos. Si empezás hoy, y te lo proponés, en un año podés discipular a dos. El segundo año, esos dos discipulan a otros dos, más los tuyos ya son diez discipuladores. En diez años ¡ni te cuento lo que puede hacer la matemática de Dios! pero tenemos que empezar hoy, claro.
REFLEXIÓN – Hacelo.

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