1 de noviembre – Conviene

“Y les dijo a sus hombres: ¡Que el SEÑOR me libre de hacerle al rey lo que ustedes sugieren! No puedo alzar la mano contra él, porque es el ungido del SEÑOR.” 1 Samuel 24:6 (NVI)
El rey Saúl se disponía a descansar, el día había sido muy largo. Su ejército, de tres mil hombres escogidos, había acampado alrededor del redil abandonado donde habían improvisado un cuartel de campaña. La cueva que estaba al lado del redil no era la habitación del palacio, pero era el lugar más cómodo para dormir.
Saúl se durmió pensando que tal vez al día siguiente podría cazar al fugitivo David y terminar, finalmente, con este problema. Ya estaba cansado de tanta persecución. Pensó dónde podría estar escondiéndose en ese momento para eludir a sus rastreadores o si seguiría escapando durante la noche para aumentar la distancia entre ambos ejércitos.
Lo que Saúl no sabía era que David estaba en la cueva. Junto con sus seiscientos renegados, su presa estaba escondida en la oscuridad del interior de la cueva. Despreocupado, Saúl se durmió. Ahí comenzó una terrible disyuntiva para el pastor, soldado y exiliado. David sabía que Dios le había prometido heredar el trono de Saúl, ya había sido ungido por Samuel, y a pocos metros estaba el hombre que por envidia lo había exiliado. Le había quitado su familia, sus amigos, su posición social, su dignidad y su seguridad y lo había obligado a vivir escondiéndose en los bosques, desiertos y estepas.
Matar a Saúl significaba simplificar su vida. Terminaría la pesadilla de vivir escapando y automáticamente, se convertiría en rey de Israel. ¡Era una excelente opción! Todos sus hombres lo incitaban a matar al rey. Lo tenía al alcance de la mano, Dios se lo había entregado sin guardias. Era imposible que una situación tan favorable volviera a suceder.
Pero David, en lugar de matar al rey, simplemente le cortó un trozo de su manto y le perdonó la vida. Supo respetar la autoridad del rey. Eso lo condenó a continuar en el exilio, escapando del rey y en peligro constante. Tardó más tiempo y seguramente tuvo días muy difíciles, pero Dios lo hizo el rey más glorioso de Israel.
Obedecer te conviene. Respetar la autoridad que Dios puso en tu vida es necesario. No busques atajos. Solo te conducen al fracaso. Imitá la grandeza de David, que supo ser obediente, para poder brillar después.
REFLEXIÓN – Respetá la autoridad. Conviene.

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