11 de Agosto – Tenemos


“…No creyeron a su palabra. Antes murmuraron en sus tiendas…”. Salmos 106:24-25 (NVI)
Tenemos
El pueblo de Israel tuvo siempre esta característica. Tenía la costumbre de murmurar cada vez que algo no salía como ellos querían. Siempre hablaban de más, y con mala intención. No era un mal de una clase social particular, ni de un nivel de estudio determinado. Era algo común a todos.
Murmurar, es simplemente, hablar por lo bajo. Es la forma más sutil de la queja, y es una costumbre muy habitual en las personas del siglo XXI. Es algo muy cotidiano en tu vida y en la mía.
Los israelitas eran muy especiales. Estado cada uno en su tienda, reunidos con sus familias, amigos o conocidos, murmuraban de alguna situación, opinando y buscando culpables y responsables del mal momento que estaban pasando. Eran solo comentarios que destruían.
Seguramente los líderes del pueblo (y en especial Moisés) eran los principales blancos de sus quejas. Y como siempre sucede, la conversación comienza con algunos comentarios sutiles y sin mala intención, y se convierten en comentarios muy duros, hasta exagerados y que lastiman.
Lo peor de todo fue que cuando salieron de sus tiendas y Moisés les dio el mensaje de Dios, ellos creyeron, pero no se sintieron culpables por todo lo que habían estado hablando.
Esto es algo similar a lo que hoy pasa en todas las iglesias. Esto de la murmuración es una costumbre instalada, y como tal ya la consideramos parte de la rutina eclesiástica. Y no nos damos cuenta que está mal. Compartimos las actividades de la iglesia, oramos y cantamos, y después (o antes) nos juntamos con nuestro grupito selecto para seguir comentando las últimas novedades. Cuando murmuramos de alguien y esa persona no está presente, es pecado. Aunque se diga una verdad, aunque sea solo un “comentario sin mala intención”, la murmuración siempre es contraria a la Ley de Dios.
Lo peor es que después de que murmuramos, nada cambia, todo sigue igual, el motivo de la queja no se modifica. Es mucho más sabio, guardar silencio y trabajar para modificar la realidad.
No es fácil ni divertido, pero es un consejo muy sabio invertir más tiempo en ayudar a cambiar la situación de la que nos quejamos, que seguir hablando con terceros.
REFLEXIÓN – Tenemos una boca y dos manos, seamos sabios en usarlas.

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