2 de octubre – Rey

“Él cual nos ha liberado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo.” Colosenses 1:13 (RVR)
Habitualmente, y desde tiempo inmemorial, el ser humano se plantea la lucha entre el bien y el mal. Y se asocia el mal con la oscuridad y el bien con la luz. Comics, revistas, miniseries, películas, libros, todas las religiones de todas las culturas remarcan esta característica de asociación, que surge de la Biblia.
La Palabra de Dios fue la primera en explicar este problema del hombre. Aunque no quiera verlo, lo niegue o lo rechace, el hombre vive sometido por el reino de las tinieblas. Es un esclavo del pecado. Y como está tan acostumbrado, no le resulta problemático ni aterrador. Pero si lo pensamos un poco, entenderemos la realidad de esta sentencia espantosa.
Aquellos que viven en tinieblas, nunca ven claramente. No tienen esperanzas, ni proyectos, ni paz; viven con miedo, acusados, condenados y sin futuro. Llevan adelante una vida que no es vida, aunque aparentemente piensen que la tienen. Están lejos de Dios. No conocen lo bueno, ni lo agradable, ni lo santo.
Y creen que están viviendo con plenitud una existencia divertida y genial, pero están cegados. No se dan cuenta de su peligrosa situación. Puede ser que aparentemente tengan buenos momentos. Pero son sólo eso: momentos. La única vida real es cerca de Dios, todo el resto es un espejismo mentiroso.
Todos vivíamos en ese reino, sin esperanzas. Pero un día Dios nos hizo una oferta. Nos propuso salir de ese calabozo oscuro, siniestro y mortal, para llevarnos a su Palacio de amor, dignidad, gloria y belleza.
Imaginate por un segundo que vivís 18 años encerrado en un sótano sin ver nunca la luz del día, sin baño, comiendo sobras, solo, sin poder ver a nadie y angustiado. Y que un día alguien te sacara y te llevara a su casa, con parque, una cama con sábanas limpias, comida decente, un vaso, una ducha y toallas, te tratara con respeto, sin golpes ni insultos, y te diera un futuro.
Dios hizo algo mejor todavía por nosotros, nos invitó a Su Reino, y ya nunca nadie nos podrá sacar de él. Nadie nos puede echar, porque Jesucristo es nuestra garantía. Nos hace participes de Su Gloria y sus herederos.
¡Dale gracias a Dios por su generosidad inmensa y su eterno amor!
REFLEXIÓN — Sólo un Rey generoso comparte su reino.

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