25 de noviembre – Libertad

“Les prometen libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción, ya que cada uno es esclavo de aquello que lo ha dominado.” 2 Pedro 2:19 (NVI)
La primera pareja gay autorizada a casarse en la Ciudad de Buenos Aires por un fallo de la justicia, pidió turno para el 1 de diciembre de 2009. Las autoridades les habían aceptado el turno que habían solicitado por tratarse del Día Mundial de la lucha contra el Sida, fecha elegida por ser un símbolo contra la discriminación. Finalmente, hubo otra traba legal que lo dejó sin efecto y se terminaron casando el 28 de diciembre en Ushuaia, Tierra del Fuego.
“Estamos felices porque ya tenemos fecha para casarnos el Día Mundial del HIV-Sida, una fecha que forma parte de nuestra militancia en contra de la discriminación, que no sólo atenta contra la diversidad sexual, también lo hace contra las personas que tienen sida”, había comentado José María De Bello al retirarse de las oficinas porteñas.
Di Bello, que a la sazón tenía 41 años, contó que al presentarse junto a su pareja, Alex Freyre, de 39, se encontró con una muy buena recepción por parte del personal del Registro. “Y por primera vez, el formulario impreso tiene dos casilleros para llenar correspondientes a las categorías ‘novio y novio’, en vez de ‘novio y novia’, como era lo habitual”, describió.
Esta noticia generó nuevamente un debate muy fuerte sobre la posibilidad del matrimonio homosexual. Quienes lo defienden sostienen que es necesario para darle más derechos a estas parejas. Problemas con la herencia, la imposibilidad de sumar los ingresos para un crédito hipotecario, o la exclusión en la toma de decisiones complejas en las clínicas por no poder certificar el vínculo son algunas de las razones que exponen.
Suena coherente y lógico desde este punto de vista. Pero se olvidan de una realidad: es una conducta que Dios denomina pecado. Importa poco si estás o no de acuerdo, tu opinión no puede modificar la sentencia de Dios. La homosexualidad es pecado, igual que la mentira, la envidia, el robo, la infidelidad o la pornografía. El problema es que ante cualquiera de estas alternativas, quien la practica reclama la libertad para llevarlas a cabo y la igualdad de los derechos para disfrutarlo.
Pero no se dan cuenta que quienes practican estos hábitos, lejos de ser libres para elegir lo que más deseen, son esclavos de sus pecados. Se argumenta que eligen lo que les gusta y por eso se sienten libres. Pero Dios tiene esta sentencia permanente: quien practica un pecado es esclavo de él.
REFLEXIÓN – ¿Tenés libertad?

Artículos relacionados