20 de octubre – Dosis

“Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad.” 1 Juan 1:8 (NVI)
El paco es una nueva forma de presentación de cierta droga que resulta mucho más barata, y que está haciendo estragos entre los jóvenes y los adolescentes. Es extremadamente adictiva y violentamente dañina. Lima el cerebro, destruye neuronas y finalmente mata. En algunos casos puede hacerlo en apenas tres meses. Es una droga letal que cada vez avanza más. Se ven a diario noticias sobre el tema, de jóvenes aniquilados y madres luchando desesperadamente por sacarlos de la dependencia.
Pero la lucha es muy desigual. Una vez que caíste, es muy complicado salir. Menos del 10% lo logra. Demasiado peligroso. Lo terrible es que, conociendo esto, los chicos acepten probarla igual. La explicación que dan sus familiares para esta conducta es que los chicos creen que van a poder dominar a la droga, que pueden entrar y salir cuando ellos lo deseen, y que no tendrán inconvenientes para mantener el control.
Pero, lo que no saben es que el paco esclaviza, somete, destruye y mata. Y no podés dominarlo. Él siempre te domina a vos.
El pecado es como el paco. Te ofrece un mundo de sensaciones y de diversión. Aparentemente, como todos lo consumen parece que es bueno y agradable. Pensás que lo podés manejar a tu antojo. Pero es un enemigo que nunca sacia su sed de nuevas víctimas y siempre quiere más. Te da algo de diversión, pero sólo para sacarte todo y dejarte vacío y destruido.
Te creés con el poder para dejarlo cuando quieras y con autoridad para controlarlo. Pero apenas probaste, te esclaviza, domina y somete. El pecado no perdona, siempre paga, y paga muy mal. Al igual que el paco, nunca la primera dosis es muy grande. Se empieza por una dosis mínima; pero lentamente el cuerpo pide cada vez más. La demanda y la adicción se vuelven obsesivas. Te esclaviza.
A los pocos meses, tu dosis diaria es extremadamente alta y no podés parar. Siempre querés más. La caída nunca es violenta, es de a poco, siempre para hundirte. Ni la diversión mejora, todo desciende hacia el abismo.
Hay una sola manera de solucionar este mal. Primero, reconocer el problema. Dejar las excusas y hacerse cargo de la enfermedad del pecado. Negarla es engañarse a uno mismo. Es tan tonto como hacer trampas jugando al solitario. Lo segundo es aplicar el antídoto. Solo la Biblia puede liberarte de tu adicción al pecado. Tomala en dosis diarias. No hacerlo, es un suicidio.
REFLEXIÓN – La solución es hacerse cargo.

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