12 de junio – Limpia

“¡Qué hermosa eres, amada mía! No hay defecto en ti.” Cantares 4:7 (RVR)
De todos los libros de la Biblia, el más romántico es, sin dudas, el de Cantares. En sus páginas, Salomón nos relata con prosa de enamorados, su amor por la sulamita.
Pero es también un libro que habla de Cristo y de Su Iglesia. Y es maravilloso ver, lo que Cristo piensa de la Iglesia. Él la ve sin mancha, sin contaminación, totalmente limpia, inmaculada, preciosa y así desea presentársela al Padre, para la Gran Boda.
No conozco ninguna mujer, que en el momento de entrar al templo vestida de blanco el día de su casamiento, le dé lo mismo que su vestido de novia tenga una mancha de café, o esté manchado con remolacha. Creo que antes de presentarse así en la ceremonia, se pondría como loca por la desesperación, llamaría a todas sus conocidas y haría lo imposible para sacar la mancha, planchar el vestido y llegar impecable a la ceremonia.
Justamente, es eso lo que Cristo desea de nosotros, de vos y de mí: que lleguemos al cielo inmaculados. Por eso ofreció su preciosa sangre que tiene el inmenso poder de limpiar toda la suciedad, todas las ofensas, toda la maldad. Gracias a Dios, la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. Y eso está absolutamente garantizado.
Por eso es que Cristo nos ve sin defecto, perfectos. Lamentablemente, la realidad cotidiana es otra muy distinta. Cada pecado es una mancha que ofende a Dios. Pueden ser manchas muy pequeñas, como cuando se salpica de tuco la camisa, o manchas más grandes, como cuando tropezamos y caemos dentro del barro, pero toda mancha para Dios es pecado.
Dios mira a diario nuestro vestido y se entristece cuando lo manchamos. Y lo peor, es que a veces no nos importa hacerlo y nos es indiferente pecar o no pecar. Deberíamos volver a sentir la misma desesperación que la novia, cada vez que ofendemos a Dios y pecamos; deberíamos sentirnos muy mal en todas y cada una de esas oportunidades. Si no te sentís así, es porque te acostumbraste a pecar. Y eso es doblemente grave.
Dios exige que todos los días tengamos la vida limpia, digna de Él. Quiere darnos la fuerza para lograrlo, sólo resta que nuestra voluntad esté dispuesta. Tenés que desear que tu vestido esté limpio.
REFLEXIÓN — Cristo es garantía de limpieza absoluta.

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