2 de Noviembre – Invitación


“Venga mi amado a su jardín, y coma de sus dulces frutos.” Cantares 4:16 (NVI)
Invitación
En Palestina eran muy preciados los huertos y la mayor delicia de su dueño era dar un paseo y comer algún fruto de lo mejor de la producción. Era un derecho únicamente del dueño del huerto. No estaba permitido que ninguna otra persona entrara, excepto que fuera autorizada. Solo el dueño del huerto podía disfrutar de los beneficios de su huerta, y no había momento más precioso para él, que cuando entraba en ella y elegía de lo mucho que había para cosechar, una fruta sabrosa.
Estaba pensando en nuestra condición, que hemos sido comprados al altísimo precio de la sangre preciosa de Cristo. Se ha pagado por nuestras vidas el precio más alto de la eternidad y hoy somos propiedad de Dios. Dice la Escritura que fuimos comprados por precio.
Ya no somos nuestros, pertenecemos a Dios de manera total, completa y absoluta. A veces creemos que podemos guardarnos para nosotros alguna parte de nuestra vida. Pero nos equivocamos, nada nos pertenece.
Hay quienes pueden sentirse agredidos por esta afirmación, y podrían sostener que Jesucristo nos libertó y ya no somos más esclavos, que también es cierto. Cristo nos libertó de la esclavitud del pecado y nos hizo formar parte del Reino de Dios. Pasamos de ser esclavos condenados, a ser hijos de Dios.
Ahora formamos parte de la familia de Dios, somos Su huerto y uno de sus frutos. Y si sos hijo, tenés tantos nuevos y grandísimos beneficios, como también enormes y sublimes responsabilidades. Es el huerto donde Él desea, como el agricultor de antaño, recorrer y disfrutar de los frutos. Él desea recorrer nuestra vida, y tomar de los buenos y agradables frutos de nuestra conducta, de nuestro hablar, de nuestro pensar y de nuestro accionar. ¿Qué podría encontrar Dios, si llegara a recorrer los rincones de tu vida? No hay nada que puedas ocultar de su mirada, y Él desea disfrutar de todo Su huerto.
Dios desea gozarse con tu sonrisa, con tu mirada limpia, con tu palabra de aliento, con tu abrazo sincero, con tu beso cariñoso, con tu vida transparente, con tu alabanza cotidiana, con tu oración sincera, con tu meditación a conciencia, con tu pensamiento de adoración. Él desea disfrutar contigo.
REFLEXIÓN – Que tu invitación sea para ofrecer lo mejor.

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