26 de febrero – Cautivante

“Con todo, Jehová no quiso destruir a Judá, por amor a David su siervo, pues había prometido darles una lámpara a él y a sus hijos para siempre.” 2° Reyes 8:19 (RVR)

Misericordia es la capacidad de amar lo que no merece ser amado. Es la virtud de Dios por la cual puede amar a un pecador aunque sea justamente eso, un pecador. Misericordia es lo que tuvo Dios con la casa de David: años después de la muerte de David reinó Joram, quien “hizo lo malo ante los ojos de Jehová”, quebró las leyes de Dios e hizo que el pueblo se apartara más de Él.

El castigo de Dios, para este tipo de rebeliones, era expreso. Aquél que se apartaba de Dios, y adoraba a otros dioses, debía ser desechado. Pero Dios no quiso destruir a Judá. No lo hizo, por su misericordia. Dios amó lo que no merecía ser amado. Y perdonó el castigo, sólo por amor.

¿Qué sería de tu vida, si Dios no te hubiera encontrado? Nunca sabremos todas las cosas de las que Dios nos libró, simplemente por la gracia de ser Sus hijos. No hicimos nada para merecer el amor de Dios. Todo lo contrario, nuestra conducta, nuestros deseos, nuestros pensamientos y nuestro accionar, fueron contrarios a las leyes de Dios.

Aún si hiciéramos algo muy bueno, no alcanzaría para borrar todo lo malo que hicimos, y lo que todavía seguimos haciendo.

Y esto es lo maravilloso de Dios, la enorme generosidad de su amor. No pidió nada a cambio, no esperó ninguna mejora nuestra, no nos demandó ningún sacrificio. Sólo nos amó. Y permitió que Jesucristo muriera en la cruz con la peor de las muertes, para pagar el precio de tus pecados y de los míos. ¡Eso es misericordia!

¿Estarías dispuesto a dar la vida de tu hijo, o de tu hermano, o de tu esposa para salvar al asesino de tu padre? Yo no estoy dispuesto, me resulta imposible. Pero Dios lo hizo.

Dios te amó a vos, que fuiste el responsable de la muerte de Cristo. Dios me amó a mí, que fui el responsable de la muerte de Cristo. ¡Cómo no vamos a adorarlo y alabarlo! ¡Cómo no vamos a servirle eternamente con gratitud! El amor de Dios es inmenso.

REFLEXIÓN — El amor de Dios cautiva

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