11 de Enero – Confianza


“Al oír esto, Jesús le dijo a Jairo: No tengas miedo; cree nada más, y ella será sanada.”  Lucas 8:50 (NVI)
Confianza
La multitud rodeaba a Jesucristo y apretaba. Las calles eran angostas y todos querían ver el siguiente milagro. Jairo iba pegado a Cristo, con mucha angustia. Si hubiera tenido reloj, habría estado mirando las agujas cada segundo. ¿Para que se detenía Jesucristo con esa mujer? Había esperado doce años para curarse. Un día más o menos no hacía la diferencia. Su hija pendía de un hilo. Estaba al borde de la muerte y solo Cristo podía curarla. Cada minuto contaba.
Comenzaron a avanzar de nuevo rumbo a la casa de Jairo, quien apuraba el paso cada vez mas. La ansiedad lo estaba consumiendo cuando a lo lejos ve un rostro conocido. Era un mensajero de su casa. Jairo se detuvo y contuvo el aliento. La noticia fue un mazazo. Era lo que no quería escuchar. Le acaban de avisar que su única hija había muerto.
Todo el esfuerzo ahora era inútil. Una mezcla de sentimientos le ahogaron el corazón. Furia, impotencia, dolor, desesperación, reclamos, tristeza profunda, angustia, pesar. Pero nada podía volver el tiempo atrás. Su hija estaba muerta, esa era la única realidad. No había llegado a tiempo y ahora era tarde. El silencio se apoderó de la multitud. Solo se escuchaba el gemido silencioso de un padre destrozado por el dolor.
Jesucristo seguía al lado de Jairo, bien cerca. Y en medio del silencio pesado le dice: No temas. Cree solamente. Son palabras demasiado pesadas para ser digeridas. Es fácil decirlo cuando la vida te sonríe y todo marcha bien. Pero en medio del sufrimiento, la palmadita en el hombro y la cara de duelo ayudan poco. Las palabras suenan vacías y opacas. Es difícil creer con tanto sufrimiento y preguntas sin respuestas.
Perdido por perdido, Jairo retomó la marcha a su casa, ahora con el paso más cansado y deprimido. Al llegar su esposa era un mar de lágrimas. No había consuelo. Y nuevamente Jesucristo intervino. Llevó a los doloridos padres a la habitación de la niña y la resucitó. ¿Cómo se habrá sentido Jairo? Inexplicablemente feliz. Ya no importaba el sufrimiento del camino hasta su casa, ni el dolor de las palabras del mensajero. Su realidad era que su hija estaba viva, le hablaba, le besaba, lo abrazaba y corría por la casa.
¿Estás hoy triste?, no temas. Creé solamente.
REFLEXIÓN – Podés creer en Jesús.
 

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