13 de junio – Enojo

“Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte, y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.” Proverbios 16:32 (RVR)
La violencia está cada vez más desenfrenada. Ya no sólo te roban, también te matan. Estaba leyendo un artículo sobre un hombre que entró en su casa y dejó la bicicleta en el jardín. Allí había 4 muchachos apilando bienes para robarlos. El hombre no dijo nada, ni se movió, y los muchachos lo acribillaron a balazos.
Lamentablemente, los cristianos nos estamos copiando los malos hábitos. Hoy ya es común enojarse y responder. También es común ver discusiones, peleas, rencores divisiones, bandos, dentro de la iglesia. Casi no asombra. Nos estamos habituando a vivir así. Pero en realidad, el deseo de Dios es totalmente opuesto. Y antes que tener que lamentar una pelea, o padecer largos períodos esquivando a alguien con quien discutimos, Él nos recuerda la importancia de refrenar el enojo.
Es mucho más valiente, tiene mucho más mérito para Dios, aquel que puede refrenar su enojo. Siempre se consideró a la fuerza de un hombre como su mejor virtud, sin embargo, Dios replantea este concepto y pondera mucho más su capacidad de control, que su fuerza.
Saber dominar su carácter hace al hombre más valioso para Dios, que aquel que puede conquistar una ciudad. Saber guardar la calma en medio de una discusión, o de un partido de fútbol, o cuando las opiniones son muy distintas, es la ocasión fundamental y de excelencia para mostrar el verdadero carácter cristiano.
Porque es muy fácil nombrarse cristiano cuando todo está bien, y comportarse correctamente cuando se está de acuerdo con todo. Pero el verdadero cristiano se muestra cuando las circunstancias no son tan propicias y hay ambiente de pelea.
Es casi una reacción natural discutir y defender el razonamiento propio. La mayor grandeza de un cristiano es tener la capacidad de considerar otra opinión y de respetarla, aunque sea ridícula, caprichosa y sin sentido. Si en un intercambio de ideas emitimos una respuesta verbal, gestual, o corporal en la que se manifiesta algún grado de violencia, siempre encontramos un justificativo argumentando que la otra parte comenzó la agresión. Pero ni aún eso explica una actitud áspera. Para Dios, nada justifica una mala reacción.
Cristo nos dejó el ejemplo supremo: cuando lo insultaron, no respondió el insulto, cuando le pegaron, no devolvió el golpe, cuando lo trataron con desprecio y con injusticia, perdonó y amó. Ese debe ser tu ejemplo.
REFLEXIÓN — Hace falta mucha fuerza para frenar el enojo.

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