22 de Enero – Volver

“Cada año, cuando iban a la casa del Señor, sucedía lo mismo: Penina la atormentaba, hasta que Ana se ponía a llorar y ni comer quería.” 1 Samuel 1:7 (NVI)

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Ana tenía una vida muy triste. En aquellos tiempos, una mujer estéril era despreciada ya que su único propósito en la vida era tener hijos. Elcana, su esposo, tenía otra mujer que le había dado varios hijos. Pero Ana no podía. Durante años lo intentaron y fracasaron. La vida continuaba para todos, pero el día a día se le hacía muy cuesta arriba a Ana. Penina se esforzaba en molestarla y burlarse. Se sentía más que su compañera, y la despreciaba.
Duele cuando se burlan de nosotros, y mucho más cuando la razón de la burla es real y no puede ser modificada. Cuando leía este pasaje pensaba en los chicos que se burlan de Juampi porque está en silla de ruedas, o los que se burlaban de mí por ser diabético. Duele y mucho.
Igualmente Ana iba cada año al templo para adorar con su familia. Ella llegaba cargada con sus frustraciones y problemas, pero intentaba adorar a Dios. Y el resultado era siempre el mismo. Ella volvía siempre igual. No había verdadera comunión con Dios. No podía llegar a Su Presencia. Acompañaba pero no estaba.
Mientras pensaba en esto, reflexioné en las veces que hice exactamente lo mismo que Ana. Asisto, canto, hasta oro, comparto, estoy, llevo mi Biblia, pero mi corazón está lejos. Mis problemas internos son una muralla que encierra mi atención, y la presencia de Dios queda lejos.  Son problemas reales, son preocupaciones lógicas y normales. Cuando algo te duele mucho, no podés evitar tenerlo. El dolor te desconcentra de la adoración.
Y al igual que Ana, subía al templo y me iba siempre igual. Con la misma carga de problemas, con la misma lejanía de Dios (porque yo me alejaba, no porque Dios se fuera). Y esta mujer me enseñó una lección asombrosa de practicidad para adorar: llegar al trono de la Gracia con sinceridad y depositar todo el dolor en las manos amorosas de Dios. Quien en respuesta, le da paz. Su Paz, una paz que sobrepasa todo entendimiento.
No hubo respuesta milagrosa, ni desaparición de problemas. No hubo relámpagos ni fuego del cielo. Solo confianza en que Dios escucha. Y el día que hizo eso, Ana volvió distinta a su casa. Volvió contenta y en paz, aun sin la solución a su problema.
REFLEXIÓN – ¿Cómo volvés?

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