23 de abril – Maná

 


«Y el maná cesó el día después que habían comido del producto de la tierra, y los hijos de Israel no tuvieron más maná, sino que comieron del producto de la tierra de Canaán durante aquel año.» Josué 5:12 (NVI)

Durante cuarenta años los israelitas habían comido sólo maná. Era un pancito delicioso que Dios hacía crecer cada mañana en el desierto, con las proteínas y minerales necesarios para que quien lo comiera estuviera bien alimentado. Constituía una dieta balanceada, aunque algo monótona. Pero la situación se presentaba crítica. El pueblo de Israel sumaba aproximadamente dos millones de personas que estaban peregrinando por el desierto.
No había dónde comprar comida. Y aunque lo hubiera, como no generaban ingresos porque no trabajaban, no habrían tenido con qué comprar. Sus ahorros se habrían gastado muy rápido consiguiendo alimento y bebida. Y ya habían pasado cuarenta años desde el primer día en que el maná había aparecido.
Finalmente, esa mañana el pueblo asó unas espigas de trigo. Después de cuarenta años habían cambiado la dieta. Era el comienzo de una nueva etapa en sus vidas. Habían llegado a destino. El maná iba a durar hasta que el pueblo pudiera comer del fruto de la tierra que Dios les había prometido como heredad. Y ellos acababan de hacerlo. Era el día del esperado cambio.
Comieron espigas tostadas. El milagro del maná cesó cuando Dios cumplió su promesa: habían llegado a la Tierra Prometida.
Dios sigue actuando de la misma manera. Él continúa siendo fiel en cumplir sus promesas gloriosas. Pero, mientras el pueblo espera su cumplimiento, Dios lo sigue ayudando para llegar. Dios nos prometió un hogar sin sufrimiento, sin lágrimas, sin dolor, sin frustraciones sin pérdidas, sin peleas, sin enfermedad, sin soledad, sin angustias, sin muerte. Pero todavía no llegamos. Seguimos peregrinando en el desierto de este mundo y soportando los problemas que se nos presentan a diario.
Pero no estamos solos. Dios nos acompaña en este viaje, y cada mañana nos provee del maná de su presencia, consuelo y fortaleza para seguir avanzando. Es una dieta equilibrada y necesaria para el viaje que nos toca hacer en este mundo complicado y difícil.
Dios te sostiene, mientras espera cumplir su promesa. Pronto podremos disfrutar de Su Presencia en el lugar perfecto. Mientras ese día llega, Dios te nutre con su maná cotidiano. Él te sustenta para que puedas llegar bien.
REFLEXIÓN – Dios nunca te deja solo.

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