27 de Septiembre – Demostrar

«Respondiendo Simón dijo: Supongo que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: -Has juzgado correctamente.» Lucas 7:43
Demostrar
Jesucristo era el invitado principal en una comida en la casa de un fariseo llamado Simón. En aquella época, los invitados eran recibidos por el anfitrión con un beso de bienvenida. Luego el esclavo de la casa le limpiaba los pies que estaban con polvo del camino. Era un gesto para brindarle comodidad y frescura al invitado.
Estas normas de cortesía eran comunes en Palestina. Era algo habitual. No se hacía como excepción. Era una norma de buena educación y buenas costumbres.
Mientras Jesucristo estaba participando de la comida de Simón, una mujer desconocida se acercó a la mesa y comenzó a lavar sus pies con lágrimas y a enjuagarlos con sus cabellos. Y mientras lo hacía no dejaba de besas los pies de Jesús.
Mientras veía esto, Simón pensó que si Jesucristo fuera realmente un profeta, debería saber que esa mujer era una prostituta del barrio, una mujer pecadora que debía ser marginada por los religiosos y personas de bien. Era costumbre de la época marcar la diferencia entre los buenos y los malos y no había relación entre ambos.
Fue entonces cuando Cristo contó esa historia de los dos deudores. Simón respondió correctamente la pregunta de Jesús. De los dos deudores, iba a estar más agradecido e iba a amar más al acreedor, aquel a quien le perdonaron más.
Frente a esta respuesta lógica, Cristo le dice: Vine a tu casa, y no me diste beso de bienvenida, ni me lavaron los pies. Pero desde que esta mujer llegó, no dejó de lavarme mis pies con sus lágrimas y de besarlos. Hace esto, porque sabe que es una mujer pecadora, y en lugar de censurarla, discriminarla, señalarla o enjuiciarla, Yo la perdono.
Le estaba diciendo con otras palabras: Por eso ama tanto, porque le perdoné mucho. ¡Qué lastima que te sientas tan bueno, como para no agradecer el perdón que también tengo para vos! Simón, no tienes mucho para agradecer y lo demostrás con tus actos. ¡Qué lastima!
Hoy seguimos actuando igual que Simón. Condenamos a los demás por lo que hacen y los censuramos, pero nos creemos los mejores, sin defectos ni culpas. Y como somos tan buenos y ejemplares, no valoramos el perdón de Dios. Y eso se refleja en nuestras actitudes para con Dios.
REFLEXIÓN – ¿Cuánto amor demostrás?

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