11 de noviembre – Detergente

“¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu Palabra.” Salmo 119:9 (RVR)
El salmista estaba enfrentando una realidad. Él sabía que su vida no era la mejor. Tal vez comparado con otros no estaba tan mal. Era un hombre religioso, había logrado reconocimiento, tenía un buen pasar, no tenía vicios públicos. Quien lo veía desde afuera observaba a una persona correcta.
Comparado con los corruptos, asesinos, mentirosos, traidores, miserables, calumniadores o ladrones, el salmista era un dechado de virtudes. Sin embargo, él escribe esta pregunta retórica que es habitual en aquellos que temen a Dios: ¿con qué limpiará el joven su camino? ¿Cómo hacemos hoy, en este siglo corrompido, para vivir una vida íntegra como Dios nos pide? ¿Cómo logramos hoy mantener nuestra ropa y nuestro interior limpio de las manchas del pecado?
No importa que edad tengas, siempre hay un rasgo de juventud en el interior del corazón. Por eso esta reflexión no tiene edad. Solo aquellos que tienen presente la grandeza de Dios tienen la sencillez y delicadeza para plantearse este autoanálisis. El salmista se preguntaba cómo podía limpiar su camino porque era consciente de que estaba sucio. Todos tenemos algo sucio que necesita mejorar.
Su conciencia le avisaba que algo no estaba funcionando, reconocía sus debilidades y estaba dispuesto a cambiar. Con ese objetivo, buscó una solución para su conflicto. Sabía que por sus propios medios no podría limpiar su camino. Por eso, quiso hallar el mejor limpiador de todos los tiempos: La Palabra de Dios.
Creo que este es el concepto más conocido de la Biblia y al que menos atención le prestamos. Todos recitamos de memoria este texto, pero nos olvidamos a diario de buscar el consejo de Dios para limpiar la vida. Jamás discutiríamos el poder que tiene, pero no nos interesa utilizarlo. No nos preocupa reconocer nuestro error y aceptar que nuestro camino o nuestra vida está sucia. Elegimos negar el problema en vez de atacarlo de raíz.
Lamentablemente, no existe otra solución posible. Es necesario primero que nada, poner en el lavarropas del arrepentimiento nuestros pecados y luego, aplicarle el detergente limpiador de la Palabra de Dios. La combinación de ambos elementos va a generar una limpieza profunda y completa. Y permitirá vivir una vida íntegra, en los parámetros de Dios.
REFLEXIÓN – Usá el mejor detergente.
 

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