12 de julio – Mochila

“Bendito sea el Señor, nuestro Dios y Salvador, que día tras día sobrelleva nuestras cargas.” Salmo 68:19 (NVI)
Muy pocas veces en mi vida caminé largas distancias con el peso de una mochila sobre mis hombros. Pero de las veces que lo hice, tengo siempre el mismo recuerdo. Cuando comenzábamos la caminata, todos los que la hacíamos estábamos frescos y enteros. Pero después de algunas horas, las piernas estaban cansadas, y las tiras de la mochila se clavaban sin piedad en los hombros. El peso se hacía insoportable. El calor, la sed, el cansancio y la carga hacían de la caminata un largo martirio que parecía no tener solución.
Por lo general, esas salidas las hacíamos con unos líderes que nos guiaban y cuidaban. Recuerdo una vez que, por error, había cargado mi mochila con más cosas que las necesarias. Esa mañana salimos como solíamos hacerlo. Éramos un grupo de 20 chicos con tres líderes. Salimos para acampar en las proximidades de un río cercano, donde programábamos pasar la noche. El camino resultaba largo y como era de esperarse, al rato de comenzar la caminata, mi mochila comenzó a pesar una tonelada. Por más esfuerzos que hacía, no podía seguir el paso del grupo y comencé a retrasarme.
Me esperaron dos veces, hicimos varias paradas para descansar, pero no había caso. Era demasiado peso para mis piernas cansadas. Y milagrosamente, sucedió lo que deseaba pero no me animaba a pedir. Uno de los líderes se ofreció a cargar mi mochila y me sacó el peso. Avanzamos a buen paso, hasta llegar al lugar de campamento. Alguien había llevado mi carga.
Dios hace lo mismo con tus problemas. Sobrelleva tu mochila pesada, día tras día, porque es tu Dios. Nunca te deja solo, te acompaña en tu caminata y te alivia el peso. Dios jamás te deja solo en el sendero de tu vida. Él no quiere que te retrases ni te quedes rezagado. No quiere que abandones la carrera ni que pierdas tu tren. Lo que Dios más desea es aliviar tu carga y sostenerte.
Por eso te ofrece su ayuda. Cada día, todos los días, en cada minuto, para cuando estés cansado de tanto peso, para cuando ya no puedas avanzar más, para cuando estés desanimado y sin fuerzas, Dios te sostiene en sus tiernas manos, y te saca la mochila de la espalda, para cargarla sobre sus fuertes hombros. Lo hace porque es tu Dios.
REFLEXIÓN – Dale tu mochila a Dios.

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