21 de octubre – Acompaña

“Al anochecer de aquel mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: Vamos al otro lado del lago” Marcos 4:35 (RVR)
La historia de la tormenta en el mar de Galilea es muy conocida. Jesús y sus discípulos querían descansar un rato. Así que deciden cruzar el lago. Jesús se durmió apenas iniciado el viaje. Lo que comenzó como una simple travesía, se convirtió en poco tiempo en un problema.
Con la tormenta comenzó el viento, la barca se movía, y comenzaba a inundarse. Algunos discípulos remaban, otros trataban de sacar el agua que entraba por todos lados, pero era inútil. De a poco, la barca se fue desestabilizando. Todo parecía ir rumbo al desastre. Los marineros estaban asustados, a pesar de estar acostumbrados a las tormentas. Los demás ni se movían, estaban todos descompuestos. Solo Jesús dormía.
Y entonces lo despiertan con preocupación. ¡Nos ahogamos, ayúdanos! Un rato antes, el Autor de la naturaleza les había dicho que iban a cruzar al otro lado. Y ahora, asustados, no entendía por qué Jesús dormía sin atender el grave problema que padecían. Les faltó fe, pero la situación era bien complicada. Nadie había dudado de la fortaleza de Jesucristo, cuando estaban todos en la orilla; pero en medio de la barca a punto de hundirse, mojados y cansados, comenzaron a desesperarse.
Nosotros somos igual que ellos. Siempre es más fácil hablar de lo mucho que confiamos en Dios cuando estamos tranquilos, en la orilla de la vida, estables y sin dificultades. Cuando todo es fácil, cuando los problemas son de otros, cuando las tristezas son ajenas. Esos días cantamos con ganas y hablamos bien de Dios.
Pero cuando el barquito de nuestra vida comienza a hacer agua, cuando parece que vamos a hundirnos en el mar de nuestros problemas, cuando las olas son demasiado grandes y la tormenta cada vez es más fuerte, comenzamos a desconfiar, pensamos que Dios está dormido o mirando para otro lado.
Tal vez hoy estás remando contra la corriente, y los problemas son bien fuertes. Tal vez estás cansado de tantas dificultades, y de no recibir respuesta, estás gritando al cielo para que Jesús te ayude, y parece que está dormido.
No es así. Jesús ya te dijo: Pasemos al otro lado. Él te acompañará en el viaje, te dirigirá, jamás te dejará solo en la tormenta. Te acompañará siempre.
REFLEXIÓN: Jesús nunca te deja solo.

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