21 de septiembre – Florecé

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu.” Salmos 51:10 (NVI)
Septiembre en Argentina es el mes de la primavera. Durante el invierno el pasto se volvió amarillo y opaco. Los árboles perdieron sus hojas y dejaron desnudas sus ramas. El frío y el mal tiempo hicieron hibernar a la naturaleza. Pero ahora que comenzaron los días más soleados y cálidos todo comenzó a reverdecer.
El pasto de casa volvió a estar verde (y a crecer con más fuerza, lo que me obliga a cortarlo más seguido), las flores del jardín florecen nuevamente, y la vida surge con su verde frescor. No es que la naturaleza estuviera muerta. Estaba latente. Todo su potencial vital de se hallaba dormido. Permanecía inactivo y a la espera. No producía vida.
Pero la primavera despertó al somnoliento gigante y ya podemos ver los efectos de su potencia. En pocas semanas, la fisonomía cambió en forma radical.
Vivimos tiempos de indiferencia. El pueblo de Dios perdió poder. Está hibernando. No es que no lo tenga, ya que el Espíritu de Dios sigue siendo tan vital y activo como siempre. Pero está dormido. Todo el potencial divino está bajo una inmensa capa de indiferencia, que imposibilita que se manifieste.
Nos acostumbramos a la rutina eclesiástica, a actuar de determinada manera, a cumplir con ciertos ritos domingueros, pero seguimos dormidos. Nuestra vida continúa amarilla y opaca, nuestras ramas siguen desnudas de frutos. Somos formalmente buenos cristianos, pero perdimos el poder, la pasión y la convicción del verano divino.
Hoy, lo escrito por David hace tantos años, nos insta a hacer un autoanálisis para ver como estamos. Tal vez tengas una vida fresca y llena del Espíritu Santo. Dios te desafía a buscar logros más grandes y maravillosos. El Dios de la excelencia puede hacer cosas todavía mayores, impensadas por nosotros. Tal vez te estés despertando, y estén apareciendo los primeros frutos del poder del Espíritu en tu vida. Ahora, Dios te provoca para potenciar ese poder, para permitirle que te utilice, y para esforzarte en mejorar el proceso.
Pero tal vez tu vida siga hibernando y no te interese cambiar. Estás cómodo y no tenés ganas de complicarte la vida. Rogale a Dios, como el salmista, que te limpie el corazón, y que renueve con firmeza tu espíritu. No sirve una vida mediocre. Tampoco una indiferente.
REFLEXIÓN – Florecé para Dios.

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