28 de enero – Arrancar

“Los miraré favorablemente, y los haré volver a este país. Los edificaré y no los derribaré, los plantaré y no los arrancaré.” Jeremías 24:6 (NVI)
 
Toda mi vida viví en un departamento. Cuando me casé con Miri, compramos un departamento con terraza (donde teníamos nuestra pileta de lona), pero sin pasto. Al mudarnos a una nueva casa, Dios nos dio un lugar más grande con un parque y comencé a experimentar las virtudes e inconvenientes de tener pasto. Es precioso ver el parque cada mañana cuando amanece y descubrir el sol filtrándose por entre los árboles. Pero el pasto hay que cortarlo. Y eso es un trabajo adicional.
Después de un tiempo, también aprendí que además de pasto crecen yuyos malos, hierba que parece pasto, pero que no lo es. Y esa hay que arrancarla de raíz, porque si no se hace, vuelve a crecer y se multiplica invadiendo y matando al pasto bueno. Entonces, padecí el trabajo de tener que arrancar yuyo por yuyo para limpiar el parque. No es difícil, no ofrece mucha resistencia. Pero es un trabajo extremadamente molesto, aunque necesario para preservar una buena pastura.
Dios tiene el mismo trabajo con nosotros. El es el divino Labrador, y nosotros somos su huerto. Él ya plantó en nuestra vida el mejor jardín del cielo, pero nuestros pecados lo ensucian con los yuyos de nuestras caídas. Eso mismo le pasó al pueblo de Israel en tiempos de Jeremías. El exilio fue el castigo por su desobediencia. Asiria y Babilonia fueron su condena por infectar con los yuyos de la idolatría el jardín de Dios. Y en medio de tan severo castigo, Dios volvió a mostrar Su amor para ese pueblo desobediente y prometió volver a plantarlos.
Los había desplantado, arrancado de su tierra y tirado en una tierra extraña. Estaban condenados a desaparecer. Pero Dios, por Su gracia y Su misericordia les prometió un nuevo comienzo.
Dios hoy sigue teniendo el mismo amor para con nosotros. Le sigue molestando de la misma manera cada pecado que cometemos, y sigue teniendo el absoluto poder para arrancarnos y tirarnos lejos de Su presencia. Pero por Jesucristo, nos perdona. Y en lugar de castigarnos por nuestros yuyos de pecados cotidianos, sigue esperando que limpiemos nuestro jardín de tanta porquería.
Hoy es tiempo de arrancar lo que a Dios le desagrada. Sos el jardín de Dios y tenés que estar perfecto.
REFLEXIÓN – Arrancá lo que Dios arrancaría.

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