5 de octubre – Valor

“(…) ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.” Santiago 4:14 (RVR)
El hombre siempre quiso perdurar, dejar su huella en la historia, o una marca en la humanidad. Es algo que lleva dentro, la necesidad de trascender, de ser eterno. Los antiguos imperios tenían esta obsesión. Sólo hay que escuchar a los famosos, en los que esa necesidad está potenciada, para entender que es una constante. Desean permanecer. Políticos, escritores, soldados, poetas, artistas, reyes; todos quieren perpetuarse en la historia y ser recordados. Walt Disney, para que perdurara, hasta fue congelado.
El hombre tiene ese sentimiento de sentirse grande, poderoso, capaz, dueño y perdurable.
Pero se olvida de la realidad. Toda la gloria de la humanidad, los imponentes imperios, las maravillas de la humanidad, los logros del hombre, quedan reducidos a su verdadero significado, cuando los ponemos en su correcta dimensión. Cuando los miramos con la lupa de Dios.
La tierra es sólo un granito de polvo en el universo. Y el hombre un minúsculo punto, dentro de ese granito de polvo. No puede salir del círculo de la atmósfera, porque muere (si no tiene el equipo necesario), tampoco puede nadar en las profundidades del mar, porque asimismo sería destruido por la presión.
Y a pesar de ser tan limitado, finito, débil, y simple, el hombre se cree que es sumamente importante. Uno mismo se considera substancial, y con autoridad como para discutir con Dios cuando las cosas no salen como queremos o esperamos y cuestionar sus decisiones. Pero Santiago nos recuerda nuestra realidad. Somos tan permanentes como la neblina de la mañana, que cuando sale el sol desaparece. No queda ni rastro de ella.
Somos muy pequeños, sin valor, sin importancia, apenas algo minúsculo, y sin embargo, los receptores del amor más grande que jamás se haya conocido. Dios te ama como sos. Y te revalora. Pasamos de ser nada, a ser los herederos del maravilloso Reino Eterno de los Cielos.
Es increíble el amor de Dios, que nos dio una condición tan excelente, sin que tuviéramos ni una pizca de merecimiento. Dios revaloriza tu vida, sólo por amor. Pasamos de ser sombras, a ser hijos de Dios. Nos cuesta concebir la grandeza de Dios que asimismo desea lo mejor para nosotros y nos da significado. Los hijos de Dios somos valiosos, importantes, grandes, únicamente porque lo tenemos a Él.
REFLEXIÓN — Sólo en Dios adquirimos valor.

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