14 de abril – Piedras

“Prepárate dos tablas de piedra, como las primeras y escribiré sobre esas tablas las palabras que estaban en las tablas primeras que quebraste. Prepárate, pues, para mañana, sube de mañana al monte Sinaí y preséntate ante mí en la cumbre del monte.” Éxodo 34:1-2 (NVI)

Éste es el segundo llamado que recibió Moisés para subir al Monte Sinaí a encontrarse con Dios. El anterior, había terminado muy mal.
Dios lo llamó de nuevo para darle por segunda vez los mandamientos, pero esta vez le encargó que preparara las piedras para escribir sobre ellas. También le pidió que se presentara al día siguiente, de mañana, en la cima del monte. No era nada fácil alisar piedras en aquella época. Se hacía por fricción, piedra contra piedra.
Y por la mañana, Moisés subió nuevamente al monte. Tenía más de 80 años y debía escalar una montaña pedregosa con dos pesadas tablas de piedra. Habrá sido muy cansador subir con tanto peso, y, además, tuvo que ir solo, sin ninguna ayuda, ni siquiera con una mula de carga. Sin embargo llegó a tiempo a su cita con Dios.
Hoy, en este siglo XXI, estamos acostumbrados a ser cómodos. Hacemos todo rápido y sin preparación. Salimos con el tiempo justo para la reunión (cuando no llegamos tarde) y ni pensamos en quien vamos a alabar y a adorar. Ni qué hablar de las excusas para no ir a la reunión tales como, estoy muy cansado, tengo que estudiar, tengo mucho trabajo, hace frío, está lloviendo, hay humedad, no estoy de ánimo, mejor voy mañana. No dedicamos tiempo para prepararnos, para concentrarnos, para arreglar nuestra vida, para meditar en Dios.
Llegamos muchas veces a la iglesia con el corazón áspero de problemas, enojos que muchas veces impiden que disfrutemos de ese encuentro con nuestro Padre. No tenemos a diario un momento devocional, un tiempo de oración, de meditación. Si tomáramos conciencia de la grandeza de Dios, nos prepararíamos mucho mejor como lo hacemos cuando nos preparamos para buscar trabajo, o para rendir un examen, o para asistir a un casamiento. Ponemos mucho más empeño en estas ocasiones que en el resto de los días.
Dios merece lo mejor de nosotros, no una improvisación, sino una dedicación seria y consciente. A pesar de las excusas que tengamos, Dios es digno de que le dediquemos nuestra vida y nuestro servicio en un nivel óptimo.
REFLEXIÓN — Lo único que se puede hacer a las apuradas para Dios es fracasar.

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