19 de enero – Multitud

“Después de esto oí como una gran voz de una gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios.” Apocalipsis 19:1 (NVI)
 
La imagen que presenta Juan es asombrosa y escalofriante. Está Dios sentado en Su trono en el cielo. Nada empaña la gloria y el poder de Su persona. Se manifiesta con total plenitud. Toda Su autoridad, indiscutible y soberana está visible. Todo eso que acá en la tierra jamás pudimos ni imaginar, podrá ser visto en vivo y en directo. Nada es comparable con su belleza, perfección y deidad. Es Dios en toda su magnitud.
Tan glorioso y atrapante es, que nadie en el cielo puede evitar darle gloria. Juan, el visitante que escribía casi sin entender lo que estaba viendo de nuestro futuro, cuenta que había una multitud. Infinidad de seres celestiales y de hombres y mujeres redimidos estaban en el cielo en ese momento delante del trono del Eterno. Y todos vamos a ver lo mismo. Todos vamos a estar viendo a Dios.
Tan impactante será la escena que al unísono comenzaremos a adorar con toda potencia a Dios, reconociendo que la salvación, la gloria y el poder sólo le pertenecen a Él. Cuando hay buen espíritu en la iglesia, a veces emociona poder cantar en el culto. La buena comunión personal con Dios, el espíritu de adoración, la buena dirección de la alabanza, la buena música, y el deseo de darle a Dios la mejor canción, se combinan para hacer vibrar el alma.
Pero ese día, la multitud adorará de una forma increíble. El motivo de nuestra adoración va a estar ahí, presente, casi al alcance de la mano (al menos para los que estén en la primera fila), y me quise imaginar qué voy a estar haciendo yo en ese momento. Habiendo tantos millones de personas, seguramente nadie se dará cuenta que estoy allí en el medio. Y entre tantas voces cantando, tal vez nadie escuchará lo que digan mis labios.
Pero ayer, en el culto de la noche, quien dirigía la alabanza nos hizo cantar una canción que dice “entre todas las voces de la multitud, Él va a escuchar la mía” y me emocionó pensar que aunque para la muchedumbre del cielo pase desapercibido, Dios va a estar atento a mi canto desafinado y entrecortado por la emoción. ¡Adorá a Dios!
REFLEXIÓN – Empezá a practicar desde ahora.

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