2 de Marzo – Injusticia


“Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios. 2  Corintios 5:21 (NVI)
Injusticia
Tenemos una inclinación natural a defendernos de las injusticias. Cada vez que somos tratados inequitativamente reclamamos nuestros derechos avasallados. Y nuestro enojo es proporcional al grado de la injusticia sufrida. Demandamos una compensación por la falta, las disculpas del caso y aún así guardamos cierto rencor por la iniquidad padecida. No nos gusta que nos traten con poca justicia. Pero la motivación de esta acción es el egoísmo. Solo pensamos en nosotros.
En algunos casos, esta defensa es esgrimida por algunos escogidos a favor de la injusticia sufrida por muchos. Y cuando sucede algo así, quien defiende a los afrentados, por lo general toma el papel de héroe, líder o prócer. La motivación de esta acción no es el egoísmo. Es el bien común y por eso estas personas pasan a la historia como ejemplo. Abraham Lincoln luchó contra la esclavitud en EE.UU. En lugar de mirar por sus propios intereses, pensó en el bien común y aunque el costo fue muy alto (miles de americanos murieron en la guerra de secesión), la victoria alcanzada lo catapultó a la historia como un hombre de bien.
Pablo acá expone una terrible injusticia. Es lógico y correcto que cada uno pague por las faltas que comete. Y resulta injusto castigar a un inocente por la falta que cometió otra persona. Mucho más si se le imputa al inocente los delitos de tres o cuatro personas. ¿Cómo se considera el acto de imputarle al único inocente de toda la eternidad, TODOS los pecados, crímenes y faltas de toda la humanidad?
Dios trató como al peor de los pecadores a su Hijo Jesucristo, aunque sabía que era inocente. Y le aplicó todo el rigor de su eterna y perfecta justicia para que nosotros quedáramos absueltos de faltas y culpas. ¿Fue una injusticia? Definitivamente sí. Que el inocente muera por los culpables es un concepto muy duro de asimilar.
Sin embargo, Jesucristo lo hizo para que vos y yo quedáramos libres. ¡Por eso Dios le dio un Nombre que es sobre todo nombre, y tiene el título de glorioso Salvador! Nadie puede compararse con Cristo, nadie puede imitarlo. Él trasformó la peor de las injusticas en la justificación tuya y mía.
REFLEXIÓN  No seas injusto, viví para agradecerle.

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